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Era un viejo zapatero que vivía en un portal y era una rubia vecinita, muy bonita y muy coqueta, que pasaba sin mirar. La rubia, por las mañanas, iba camino a su taller y, frente al cuchitril del viejo remendón, era como un primer rayo de sol. El pobre viejo, tras de la vidriera, viviendo alguna lejana ilusión, soñaba, al verla pasar por la acera, quién sabe qué loca quimera de amor. La rubia, un día, se entró a la buhardilla y el pobrecito tembló de emoción, cuando a pretexto de atarle una hebilla la pierna torneada su mano palpó. Y con sorpresa, ese día, frente a su chiribitil, la gente, llena de emoción, se detenía para escuchar la melodía de un violín. Era que aquel zapatero, con religiosa devoción, su triste soledad lloraba al tierno son de familiar canción sentimental. Desde esa tarde, su canto parece, con su incansable motivo chillón, la monocorde sonata de un grillo en el pentagrama de aquel callejón. Y, según dice, pensando en la rubia, el pobre viejo, detrás del portal, como una pierna, temblando, acaricia la caja del tosco violín fraternal. |
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Tierra generosa, en mi despedida te dejo la vida temblando en mi adios. Me voy para siempre como un emigrante buscando otras tierras, buscando otro sol. Es hondo y es triste y es cosa que mata dejar en la planta marchita la flor. Pamperos sucios ajaron mi china Adiós, Argentina, te dejo mi amor. Mi alma prendida estaba a la de ella por lazos que mi cariño puro trenzó, y el gaucho, que es varon y es altanero, de un tiron los reventó. Para qué quiero una flor que en manos de otro hombre su perfume ya dejó? Llevo la guitarra hembra como ella; como ella tiene cintas de color, y al pasar mis manos rozando sus curvas cerraré los ojos pensando en mi amor. Adios, viejo rancho, que nos cobijaste cuando por las tardes a verla iba yo. Ya nada queda de tanta alegría. Adiós Argentina, vencido me voy. |