Carreras de gallinas El que supo ser loco
por las carreras, aura que dice, fue Agorero Sultano, el rejuntado en
segundas veces con Brujelina Saranda, una mujer tan delicada que si estaba
comiendo con gente en la mesa, jamás le estornudaba arriba del plato como
hacen algunos. Ella torcía la cabeza y le estornudaba en la cara al de
al lado. Una mujer tan delicada que nunca le servía un plato de
tallarines sin anter haberles pasado un peine. Si la visita era
delicada, junto con los cubieros le ponía una peinilla. Que una vez un
invitado le preguntó si en lugar de queso rallado no tendría un poquito de
caspa.
Y el marido loco por las carreras, pero de bichos menudos. De piojo
a paloma hasta chancho, de ahí no pasaba.
Una noche en el boliche
El Resorte, se hablaba de carreras cuando llegó Agorero y estuvo
escuchando. El tape Olmedo contaba de una vuelta que ganó un platal en
una carrera de hormigas, con una colorada chiquita, cuando Agorero fue y
le dijo: -Es muy capaz que usted no tiene visto carrera de
gallina. -No señor -dijo el tape-; si le digo la verdad le miento... no
tengo visto, no señor. Hubo un silencio y Agorero siguió
diciendo: -Yo tengo una gallina de pelaje tordillo, de lo mas
capacitada para correr. Si usted tiene gallina, y pesos para perder,
podríamos arreglar una carrera por una damajuanita de vino, digo yo, un
suponer, ¿no? Para ganar tiempo el tape Olmedo se mandó un vasito de
vino al buche. Con la uña le sacó la ceniza al pucho y volvió a
prenderlo. Se demoró en apagar el fósforo. Todo el boliche pendiente de
lo que contestara el tape, hasta que lo miró al otro y le dijo: -Tengo
sí señor. Tengo pesos y gallina, pero para ganar.
La carrera se arregló para el otro día, de tardecita, a la hora que la
gallina busca gallinero para dormir. Como iba a ser de gallinero
distinto, para poder controlarlas se eligió como punto de llegada un
gallinero neutral. Agorero dijo "hasta mañana señores", y salió. El
tape Olmedo quedó muy preocupado apoyado en el mostrador con su vinito.
El pardo Santiago le preguntó si no se tenía confianza para la
carrera, y el tape contestó: -Confianza tengo. ¡Cómo no! Lo que no
tengo es gallina, porque la última marchó en un pucherete hace unos
años.
Hubo que salir a buscar gallina, y al rato la Duvija volvió
con una bataraza. Nada del otro mundo, pero un animalito
parejo. Como era de noche, le subieron la mecha al farol para que la
gallilna creyera que era de día y se despertara del todo, y la empezaron a
varear arriba del mostrador. El barcino se fue para las bolsas de
afrechillo. La Duvija opinó que había que darle muy bien de comer, para
que al otro día en la carrera no se demorara picoteando por el
camino. La tupieron a maíz, mortadela y queso. El tape le daba
tragos de vino para que le bajara. Así hasta la madrugada.
Medio en curda, la gallina durmií hasta el otro día a las doce. La
despertaron, la bañaron, le dieron un cafecito amargo, y el tape la
preparó como para no perder ni contra una liebre. Rosadito Verdoso la
dejó picar unos higos especiales, recién arrancados. El pardo Santiago
le dio masajes en las patitas y la Duvija le pasó una limita por las
uñas. Cuando llegó la hora de la carrera, aquella gallina estaba que se
salía de la vaina. Según el reglamento, la carrera era al tranco, y
sin volar.
Agorero había caído con su gallina muy preparada, y por la estampa se
le notaba que no era ninguna aficionada. Hiciedron una raya en el
suelo, las emparejaron, y se oyó el griterío del paisanaje: "¡Se
vinieron... se vinieron!". Las tordilla de Agorero y la bataraza del
tape, arrancaron tranco y tranco apuraditas, pico a pico. La bataraza,
bien dormida hasta el mediodía, empezó a sacar ventaja, le sacó dos
cuerpos, pero la tordilla calculó el peligro y enseguida se le puso a la
cola. De repente la bataraza abrió un poquito las alas, y allí quedó
la otra por el camino.
Cuando la tordilla de Agorero llegó al gallinero neutral, la bataraza
hacía rato que andaba en amoríos con un gallo. Pero Agorero se negó a
pagar la damajuana de vino. Se supo que la bataraza había dejado caer
por el camino dos puñados de maíces que el tape le había colocado abajo de
las alas. Esa noche igual hubo fiesta en el boliche, y hasta la gallina
acompañó la farra de cacareo y vino. La Duvija estaba un poco triste,
porque el animalito había quedado con el sueño cambiado.
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