| El fumigador terminaba de lavar su avioneta
estacionada en la puerta de "El Resorte", cuando llegó Rosadito Verdoso
con la novedad. Entró, puso la novedad arriba del mostrador, y mientras
desataba la bolsa de higos los interesó a todos al decir: - Vean ahí, la novedá que les traje. "El Resorte" nunca estuvo en una zona de grandes novedades, y la última que se recordaba era la vez que llegó un circo ecuatoriano de lona rajada, y una noche les cayó un trapecista. Por el techo les cayó, porque al hombre le salió mal un triple salto mortal y voló para caer justito en la parte quinchada, que después le pusieron chapa de zinc y era una preciosidá para la torta frita con lluvia. Y como le digo torta frita le digo conversación con novia nueva, porque para esos casos no hay mejor acompañamiento que música de lluvia en el techo. El que más el que menos se acercó a mirar la novedá, pero la que se impresionó fue la Duvija, porque aquello anunciaba una lluvia, luminosa. Según la novedá era una lluvia de estrellas, de las del cielo mismo, de las que ella cada tanto, en noches oscuras, al verlas caer les pedía tres cosas que tuvieran que ver con la vida, con el amor, con el pasaje de un forastero para quererlo, aunque siguiera viaje, cosas así, tan bobas, se decía ella para ella. - Pa mi - dijo el tape Olmedo al enterarse del fenómeno espacial -, son macanas de los diarios pa vender, porque si al caer llegan a quedar colgadas medio cerca se funde la compañía de eletrcidá y luz elétrica. La Duvija se puso nerviosa y agarró un lápiz y se puso a anotar cosas para pedir, en grupos de a tres, y se las estudiaba de memoria para no demorarse en pensar en plena lluvia de estrellas, porque uno quiere muchas cosas, pero si lo agarran distraído y le preguntan por tres, se queda pensando y le lleva tiempo. Para la madrugada, descreídos, igual salieron todos del boliche, para
ver aquello. |