Soliloquio Fermento
era un hombre que no le soportaba un ruidito. Especial pal silencio,
porque según él, es lo único que vale la pena escuchar.
Según él, una cosa es el silencio arriba de un cerro, y otra cosa es
abajo de un sauce a la orilla del arroyo. Y una cosa es el silencio de la
noche y otra el del mediodía, y una cosa es nublado y otra con sol. Y no
va a comparar -decía-, el silencio junto a la mujer que quiere, con el
silencio solito por abandono. Pa' la fiesta de casamiento, Soliloquio contrató pianista con piano sin teclas, guitarras sin cuerdas y bombo sin lonja, y pa los gurises chicos repartió matracas sin la ruedita donde pega la lengueta que hace ruido y globos pinchados, cosa de que no hubiera peligro de que alguno reventara. Pero esa mesma noche, con el clericó, al acostarse, va la mujer y se le mejora de la garganta y del ánimo. Pa' la madrugada, va y se le para en el catre y empieza a golpear latas con un fierro y a cantar "Araca la murga compañera..." Soliloquio se despertó de golpe, se sentó en el catre, y no podía creer lo que veían sus vistas y escuchaban sus orejas. Pa' pior desentonaba. No era mala, pero tenía eso. Pa' la hora de la siesta, cuando Soliloquio reposaba como un santo,
ella le hacía castañuelas con dos cucharas, pero eso si, tenía la
delicadeza de cambiarle el repertorio y en lugar de murga le hacía
folklore con preferencia malambo bailado arriba de una chapa de zinc. Una
vuelta, Soliloquio no aguantó más y la mando de nuevo pa' la casa de la
madre. Formaba un duo con la hija, que era un lujo de bochinche y llegaba gente de lejos pa' preguntar qué pasaba. Soliloquio estuvo a punto de ir hasta el boliche El Resorte pa consultar, pero se aguantó. Dicen que al final, agarró un palo, una cacerola, y con la mujer y la suegra formó un tr?o, y que están ensayando pa' salir en los próximos carnavales. |