EL PUMA
Hombre que supo ser asunto muy serio pa'
la música, Cuatrocientos Fatiga, hijo del
viejo Fatiga, que al hijo le puso
Cuatrocientos de nombre porque cuando
nació, en el pueblo eran nada más que
trescientos noventa y nueve, y el hijo
vino a redondear, que el viejo se hizo
famoso porque fue de los primeros en
empezar con eso del redondeo. Que
algunos comentaban, que menos mal que
no había nacido en un pueblo de dos
millones ochocientos cuarenta y nueve
habitantes. Y Cuatrocientos va y le sale loco por la música. Recién nacido nomás, se le vió el gusto por los istrumentos de viento, porque al tomar la teta de vez en cuando soplaba. Ya grandecito, gustaba hacerse él mismo los istrumentos y un día se le antojó tocar quena, y salió pal lau del cañaveral que era la zona donde solía haber caña. Sabía que de esos mismos cañaverales se había servido su abuelo pa' fabricar lanza, el viejo lancero Ochocientos Fatiga, nacido en un pueblo el doble de grande. Sabía que el abuelo no había encontrado hoja de tijera de esquilar pa' ensartar al enemigo en su tacuara, pero el coraje y las ganas hicieron que supiera entreverarse en las montoneras con una hoja de afeitar "Legión Extranjera" y que muchos salieron con su tajito en el pecho y la barbilla, marca inconfundible del bravo lancero. Y de aquel cañaveral iba a nutrirse el nieto pa' la noble tarea de la nota musical, cuando vá y se topa con un puma. Cuatrocientos le clavó las vistas en los ojos del puma, y en la mirada le leyó la mala intención al bicho. En eso salía al abuelo. Los ojos del puma habían sido siempre su lectura preferida. Algunos decían que tenía un puma de cabecera. Cuando Cuatrocientos le leyó la mirada, le dentró un temblor por el espinazo y los dientes le castañetearon demostrando carecer de un control de mandíbula inferior. La de arriba, quieta. Dentadura de músico, le salía un sonido de lo más extraño. Encantador el sonido, con aquel vibrato que le daba el temblor. Y el puma se desorientó. No era sonido selvático ni de cañaveral. No era fiera enemiga ni presa sumisa y silenciosa, y el puma dudó. Sabía muy bien, el puma, que un bicho de su estirpe felina tenía que jugarse a la corazonada del instinto, pero lo ganó la duda. Y eso que lo ganó, lo perdió. Mientras el puma dudaba, Cuatrocientos tuvo tiempo de dir hasta su rancho, volver con pala y serrucho, hacer pozo abajo del puma, serrucharle la rama y hacerlo caer en el pozo. Es verdad que Cuatrocientos era ligero pa'l trabajo, pero el puma resultó demasiado dudoso, medio abombau el puma. |
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