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- Carnaval sin papelito, no es carnaval, murmuró la Duvija mientras picaba un quesito con los agujeros hechos a taladro para que pareciera gruyere. En un rincón, un forastero tomaba su cañita cuando un redepente, de entre las ropas le sonó una campanilla. El hombre sacó un celular, lo llevó a la oreja, escuchó sin decir palabra, y después contestó: "Mañana siete y media". En El Resorte hubo un silencio, hecho a propósito para que se escuchara pasar chiflando un higo que se le fue a reventar en la frente al telefónico. Mientras el otro se sacaba las semillas de las pestañas y se colgaba el aparatito del borde de la faja, Rosadito Verdoso comentó, como bobiando. - Además de papelito, haría falta serpentina.
- ¿Qué está haciendo, don tape?. - Retrocediendo en el tiempo. El forastero, para borrar la mala impresión del celular, mandó servir y comentó: - Lo que se usaba mucho, antes, eran los asaltos. - Ahora también. - Y las caretas. - Ahora también. - Y las máscaras sueltas. - Ahora no tanto. Se juntan más. Alguien dijo que una vuelta había conocido a Menecucho, y que los carnavales le estaban debiendo una canción, una retirada, algo así. Azulejo Verdoso se apuntó a lo grande. - Por lo menos un monumento. Como la cosa se ponía linda y los entusiasmos se brotaban, y como era
temprano, la Duvija salió conque lo mejor era organizar un corso para esa
misma noche, que pasara por la puerta del boliche y que para eso había que
iluminar. De noche salieron a desfilar alrededor del boliche, tocando pitos y tambores. Entre todos, contando al forastero, eran pocos. De haber sido más, hubiesen dejado alguno sin desfilar para que los vieran. Y al final, la Duvija tiró los papelitos. Eran tan pocos, pero tan lindos, que se los quedó mirando hasta que se perdieron con el viento. |