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El agua fue siempre un elemento de insegura obtención para el montevideano de la Colonia que, como es sabido, dependía en último grado de los pozos de la Aguada. Pocas eran las casas con aljibe, y no siempre el aljibe era generoso. Así, fueron frecuentes las restricciones y escaseces. No se sabe si por estas precariedades o por inconfeso desapego hacia la limpieza, la práctica del baño fue erradicada sin mas de la temporada invernal; y en la veraniega, los baños se daban de vez en cuando, para no abusar.
La bañera era por entonces un adminículo desconocido en nuestras casas. Se usaba en su lugar un gran tonel, una bordalesa, a la que se le suprimía una de las tapas. Cuando llegaba el gran día de la higienización de toda la familia (fecha que se convertía en una especie de feriado nacional), los esclavos cargaban con la dichosa bordalesa al hombro y la colocaban en la caballeriza o en el galponcito que siempre había en el fondo de las casas para guardar trastos viejos. Y después la llenaban con el agua extraída del aljibe, cuando lo había y cuando la había, o de la pipa comprada esa mañana del aguatero.
Aquella festividad comenzaba por costumbre siempre después de la siesta.
En aquellos tiempos tan obsesionados por el agua, los veleros que anclaban en nuestro puerto enviaban a algunos tripulantes en sus botes hasta un lugar próximo donde había pozos de agua dulce, cargando pipas y cuarterolas vacías para hacer provisión. Llamaron a ese lugar La Aguada, sin saber que lo bautizaban para siempre ...
"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca. |
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