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Horas de inquietud y sobresalto vivió el buen vecindario montevideano
cuando las fuerzas artiguistas, al mando de Otorgués, se posesionaron de
la Plaza. Artigas se había visto obligado a alejarse hacia Santa Fé, y
ello le impidió enterarse de lo que acontecía en la Capital. Parece que
se sucedieron aquí actos que despertaron las quejas de los
montevideanos, y fueron imputados "a la soldadesca de Otorgués". Pero
una vez que Artigas tomó conocimiento de los hechos, su respuesta
indignada se hizo oir: "Los sucesos ocurridos por los reiterados
desordenes de que ha sido víctima esa ciudad de Montevideo, por los
desaciertos del jefe que, burlando mis disposiciones y mi permanencia
necesaria en la Campaña para repeler al enemigo invasor, me han puesto
en el caso de separarlo del cargo inmediatamente".
Envió a Otorgués al Yaguarón con sus huestes, y designó delegado suyo a don Miguel Barreiro, a quien le impartió instrucciones precisas sobre como proceder en nuestra ciudad: "Debo recomendarle muy encarecidamente
que ponga usted todo su especial cuidado y toda su atención en ofrecer y
poner en práctica todas aquellas garantías necesarias para que renazca y
se asegure la confianza pública; que se respeten los derechos privados y
no se moleste ni se persiga a nadie por sus opiniones privadas, siempre
que los que profesesen diferentes ideas a las nuestras, no intenten
perturbar el orden y envolvernos en nuevas revoluciones. Asi es que en
ese camino sea usted inexorable y no condescienda de manera alguna con
todo aquello que no se ajuste a la justicia y a la razón; y castigue
severamente y sin miramiento a todos los que cometan actos de pillaje y
que atenten a la seguridad o a la fortuna de los habitantes de esa
ciudad ..."
Con terminos de parecida severidad instruyó a Fructooso Rivera, que se
encontraba en la Colonia del Sacramento, para que se trasladase a
Montevideo a hacerse cargo de la comandancia de la Plaza, que "necesita
una fuerza que haga respetar las órdenes". Allá marcho Rivera sin
hacerse rogar, y pronto acampó con su división en el Arroyo Miguelete.
Rivera desde un principio impartió órdenes estrictas, que resultaron
tranquilizadoras para el vecindario. Dispuso que "todos los tableros o
mostradores de las tabernas, ventorrillos, figones y tiendas de
comestibles sean colocados fuera de la puerta de la calle", y prohibió
terminantemente las reuniones de soldados para beber. Hizo patrullar las
calles e implantó una severa disciplina entre sus hombres. En poco
tiempo se restableció palpablemente una atmosfera de tranquilidad en
Montevideo, la vida retomó sus carriles habituales, las actividades
renacieron. Hasta la Casa de Comedias, por mucho tiempo clausurada,
reabrió sus puertas.
Mientras, desde Purificación, Artigas velaba. Es ejemplar su
preocupación por resguardar, a cada paso de su gobierno, el imperio de
la equidad y la justicia en nuestra Provincia. Cuando el Cabildo de
Montevideo le anuncia que un candidato a un cargo público no simpatiza
con la causa artiguista, el gobernante le responde con estos conceptos
admirables: "Es indiferente la adhesión a mi persona. Póngalo V.S. en
posesión de tan importante ministerio y a V.S. toca velar sobre la
delicadeza de este manejo. Es tiempo de probar la honradéz, y que los
americanos florezcan en virtudes. Ojalá todos se penetrasen de esos
mismos grandes deseos por la felicidad común".
En otra ocasión, el poeta Bartolome Hidalgo, que ocupó bajo el Gobierno
Patrio el Ministerio de Hacienda, presentó algunas cuentas que no se
reputaron del todo claras. Artigas dispuso al instante una
investigación, y separó transitoriamente de su alto cargo al titular, a
pesar de que le era notoriamente adicto. Pero no bien quedó demostrada
su honradez, lo repuso sin vacilar y le restituyó su confianza.
Ese invariable espíritu de justicia del gobernante, apareció unido a una
extraordinaria delicadeza personal. Un día, el Cabildo de Montevideo,
recibe esta misiva de Artigas, firmada en junio 18 de 1816: "Me es
sumamente doloroso oír los lamentos de mi padre, a quien amo y venero.
Acabo de recibir por correo una solicitud suya, relativa a la mendicidad
en que se halla, y la necesidad que tiene de agarrar algún ganado para
criar y fomentar sus estancias, y con ello ocurrir a las necesidades de
su familia".
"Yo, sin embargo de hallarme penetrado de lo justo de su solicitud, no
he querido resolverla, librándola a la decisión de V.S. Sus
padecimientos son notorios, igualmente que sus pérdidas. Todo el mundo
sabe que él era un hacendado de crédito antes de la revolución, y que
por efecto de ella misma, todas sus haciendas han sido consumidas o
extraviadas. Por lo mismo, y estando decretado que de las haciendas de
los emigrados se resarzan aquellas quiebras, es de esperar de la
generosidad de V.S. se libre la ordenación conveniente, a fin de que se
le den 400 o 500 reses en el modo y forma que V.S. estime mas arreglado
a justicia".
"Yo no me atrevo a firmar esta providencia, ansioso de que el mérito
decida de la justicia, y que no se atribuya a parcialidad lo que es obra
de la razón".
Es por acierto aleccionante oirle decir "Yo no me atrevo" a quien, en
ese momento, era todopoderoso, de hecho, en la Provincia; pues de
haberlo querido, le hubiera bastado una simple órden, acaso verbal, para
reparar con creces la situación afligente de su padre y beneficiarlo.
"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
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