La vez que Artigas dijo "no me atrevo".
  Horas de inquietud y sobresalto vivió el buen vecindario montevideano cuando las fuerzas artiguistas, al mando de Otorgués, se posesionaron de la Plaza. Artigas se había visto obligado a alejarse hacia Santa Fé, y ello le impidió enterarse de lo que acontecía en la Capital. Parece que se sucedieron aquí actos que despertaron las quejas de los montevideanos, y fueron imputados "a la soldadesca de Otorgués". Pero una vez que Artigas tomó conocimiento de los hechos, su respuesta indignada se hizo oir: "Los sucesos ocurridos por los reiterados desordenes de que ha sido víctima esa ciudad de Montevideo, por los desaciertos del jefe que, burlando mis disposiciones y mi permanencia necesaria en la Campaña para repeler al enemigo invasor, me han puesto en el caso de separarlo del cargo inmediatamente".

Envió a Otorgués al Yaguarón con sus huestes, y designó delegado suyo a don Miguel Barreiro, a quien le impartió instrucciones precisas sobre como proceder en nuestra ciudad: "Debo recomendarle muy encarecidamente que ponga usted todo su especial cuidado y toda su atención en ofrecer y poner en práctica todas aquellas garantías necesarias para que renazca y se asegure la confianza pública; que se respeten los derechos privados y no se moleste ni se persiga a nadie por sus opiniones privadas, siempre que los que profesesen diferentes ideas a las nuestras, no intenten perturbar el orden y envolvernos en nuevas revoluciones. Asi es que en ese camino sea usted inexorable y no condescienda de manera alguna con todo aquello que no se ajuste a la justicia y a la razón; y castigue severamente y sin miramiento a todos los que cometan actos de pillaje y que atenten a la seguridad o a la fortuna de los habitantes de esa ciudad ..."

Con terminos de parecida severidad instruyó a Fructooso Rivera, que se encontraba en la Colonia del Sacramento, para que se trasladase a Montevideo a hacerse cargo de la comandancia de la Plaza, que "necesita una fuerza que haga respetar las órdenes". Allá marcho Rivera sin hacerse rogar, y pronto acampó con su división en el Arroyo Miguelete.
El 31 de julio de aquel 1816, en un amanecer de invierno inclemente y crudo, se dirigió hacia el Reducto, y a las once de la mañana trasponía los portones de la ciudad. Infantería, jinetes y vehículos con equipajes penetraron en un Montevideo inquieto e inseguro. El Cabildo salió a recibir a Rivera con gran ceremoniosidad y prosopopeya y le asignó casa y ayudante. Al comprobar el aspecto desarrapado que traían sus soldados, el Cabildo le encargó a unos comerciantes ingleses que los surtieran "de camisas de crea, chaqueta de paño azul, con vivos, gorra de manga de lo mismo, zapatos rusos, corbatín de pana negro y un pantalón de color".

Rivera desde un principio impartió órdenes estrictas, que resultaron tranquilizadoras para el vecindario. Dispuso que "todos los tableros o mostradores de las tabernas, ventorrillos, figones y tiendas de comestibles sean colocados fuera de la puerta de la calle", y prohibió terminantemente las reuniones de soldados para beber. Hizo patrullar las calles e implantó una severa disciplina entre sus hombres. En poco tiempo se restableció palpablemente una atmosfera de tranquilidad en Montevideo, la vida retomó sus carriles habituales, las actividades renacieron. Hasta la Casa de Comedias, por mucho tiempo clausurada, reabrió sus puertas.

Mientras, desde Purificación, Artigas velaba. Es ejemplar su preocupación por resguardar, a cada paso de su gobierno, el imperio de la equidad y la justicia en nuestra Provincia. Cuando el Cabildo de Montevideo le anuncia que un candidato a un cargo público no simpatiza con la causa artiguista, el gobernante le responde con estos conceptos admirables: "Es indiferente la adhesión a mi persona. Póngalo V.S. en posesión de tan importante ministerio y a V.S. toca velar sobre la delicadeza de este manejo. Es tiempo de probar la honradéz, y que los americanos florezcan en virtudes. Ojalá todos se penetrasen de esos mismos grandes deseos por la felicidad común".

En otra ocasión, el poeta Bartolome Hidalgo, que ocupó bajo el Gobierno Patrio el Ministerio de Hacienda, presentó algunas cuentas que no se reputaron del todo claras. Artigas dispuso al instante una investigación, y separó transitoriamente de su alto cargo al titular, a pesar de que le era notoriamente adicto. Pero no bien quedó demostrada su honradez, lo repuso sin vacilar y le restituyó su confianza.

Ese invariable espíritu de justicia del gobernante, apareció unido a una extraordinaria delicadeza personal. Un día, el Cabildo de Montevideo, recibe esta misiva de Artigas, firmada en junio 18 de 1816: "Me es sumamente doloroso oír los lamentos de mi padre, a quien amo y venero. Acabo de recibir por correo una solicitud suya, relativa a la mendicidad en que se halla, y la necesidad que tiene de agarrar algún ganado para criar y fomentar sus estancias, y con ello ocurrir a las necesidades de su familia".

"Yo, sin embargo de hallarme penetrado de lo justo de su solicitud, no he querido resolverla, librándola a la decisión de V.S. Sus padecimientos son notorios, igualmente que sus pérdidas. Todo el mundo sabe que él era un hacendado de crédito antes de la revolución, y que por efecto de ella misma, todas sus haciendas han sido consumidas o extraviadas. Por lo mismo, y estando decretado que de las haciendas de los emigrados se resarzan aquellas quiebras, es de esperar de la generosidad de V.S. se libre la ordenación conveniente, a fin de que se le den 400 o 500 reses en el modo y forma que V.S. estime mas arreglado a justicia".

"Yo no me atrevo a firmar esta providencia, ansioso de que el mérito decida de la justicia, y que no se atribuya a parcialidad lo que es obra de la razón".

Es por acierto aleccionante oirle decir "Yo no me atrevo" a quien, en ese momento, era todopoderoso, de hecho, en la Provincia; pues de haberlo querido, le hubiera bastado una simple órden, acaso verbal, para reparar con creces la situación afligente de su padre y beneficiarlo.
Tal vez una frase suya, pronunciada por esos días, ayude a explicar esa puntillosidad ejemplar: "La pureza de mi conducta debe ser la norma de los demas subalternos ... "

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

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