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Despierta el nuevo siglo. La última noche del que termina se llenan de
gente las principales calles de la ciudad: la decana Sarandí y la flamante
18 de Julio, que desde la década de 1860 fue el eje urbanístico de la Ciudad
Nueva, en terrenos que se poblaron de comercios, casas de familia o hileras
arboladas, hasta convertirse en la transitada avenido que es hoy.
Una calle de tono social
El “ Boulevard des Orientaux “ nació en la primera expansión del casco
colonial y se constituyó en el eje de la Ciudad Nueva, a partir del trazado
que de ella realizó el Sargento Mayor José María Reyes a poco de lograda la
Independencia. Se llamó “ Calle del 18 de Julio “ pues representa el estado
independiente que la concibe, su ideología liberal y progresista. Teniendo
como base los caminos existentes y la topografía, se levantó sobre el lomo
de la cuchilla desde el eje de la antigua Ciudadela hasta el Camino de
Maldonado en el Cordón, en un recorrido de tres kilómetros. Posteriormente
fue rematada con el Obelisco a los Constituyentes, en el límite de la Ciudad
Novísima.
Pese a los auténticos pantanos que había en los alrededores de¡ Mercado
público, desde Andes hasta Arapey y Daymán - actuales Río Branco y Julio
Herrera y Obes -, las edificaciones proliferaron, pues numerosas familias
tomaron posesión del Campo de Marte - el área que va desde la Plaza
Independencia hasta el ejido de la ciudad -, se levantaron hileras de
árboles y jardines y se tendieron calles empedradas hacia la Aguada y el
Cordón, hasta entonces demasiado apartados del Centro.
La transformación urbanística de la zona tuvo una progresión asombrosa
en la segunda mitad del siglo XIX. A fines de siglo, rindiendo culto a un
concepto de la sociabilidad muy acentuado, el paseo elegante se hacía por la
calle Sarandí, en la tardecita, y cuando sobre las siete de deshacía el
encanto, comenzaba el paseo por 18 de Julio.
Al contrario que en la Ciudad Vieja, donde los encuentros tenían un aire
casual y la gente se veía a la salida de misa, en 18 de Julio las noches de
verano tenían una vida animada y familiar. Los niños jugaban en las veredas
como si se tratara del patio de su casa y las muchachas paseaban en fila,
tomadas del brazo, de una esquina a otra. Las familias sacaban sus sillas
al balcón para conversar y pasaban en ellos el verano, abanicándose.
Avanzado el siglo XX, el centro de la ciudad adoptó un estilo de
edificación distinta, de altos, con casas de comercio en los bajos. Eran
las residencias de los profesionales, en las que los consultorios y los
estudios se instalaban en la parte de recepción y las familias vivían una
vida interior de silencio, de encierro, de cortinas corridas, de oscuridad.
Paseos al aire libre
En la Plaza Cagancha se vivía una experiencia social: se formaban
corrillos y la gente se sentaba familiarmente en los bancos para conversar.
Era el lugar de cita de las niñeras con sus pequeños y de los paseantes
solitarios. Nadie tenía prisa ni parecía preocuparse por la Libertad que
irradiaba simbólicamente la estatua en el centro de la plaza.
Originalmente, de acuerdo al propio plano de Reyes, ésta era la plaza
central del trazado, ubicada en la segunda colina, la más alta de la
península, lugar que por estrategia debió ocupar la Ciudadela.
Si se seguía caminando hacia el Este se pasaba “ ...a la inquietante
extrañeza de la Plaza de Armas, a la que los montevideanos llamaban
tercamente el Cementerio Inglés, sosteniendo que allí estaban enterrados los
combatientes de las invasiones inglesas “. Este espacio abierto estaba en
18 de Julio y Ejido. Era un campo sin árboles, sin matas, ni flores,
“...allí era todo desolación: tierra parda y huraña, ondulada y solitaria,
como un mar de olas de tierra...”
Si se seguía más hacia afuera sólo se encontraba la Plaza de las
Carretas, también conocida como Plaza Artola, pues un vasco así llamado era
el dueño de casi todos los terrenos de la zona. Hasta 1867 esta plaza fue
el punto terminal de las carretas que venían cargadas de frutas y verduras
desde el Interior. Después se convirtió en paseo público y, por orden del
cabildo, el sitio elegido para consumar las ejecuciones por fusilamiento, ya
que se encontraba a suficiente distancia de la ciudad. Los reos eran
fusilados contra la pared de un corralón sobre la calle Magallanes, a
escasos 10 metros de la avenida principal.
Los domingos a la mañana todo montevideano que saliera a la calle con
cualquier pretexto pasaba por las anchas aceras de 18 de Julio para
disfrutar de la feria. Desde el arranque de la gran avenida hasta la calle
Río Negro, sin desperdiciar una pulgada de terreno, se instalan a uno y otro
lado los puestos de venta y desde el alba hasta las 11 de la mañana, la
feria está plena de movimiento y de ruido. Cada vendedor trata de atraer la
atención de los clientes con cornetas, música y pregones, realzando cada
cual su mercancía. Cuando los barrenderos dejan despejada la calle, al
mediodía, se cierran las puertas de las tiendas y almacenes al por mayor,
donde los dependientes y sus amigos se instalan para presenciar el
bullicioso desfile de la mañana, los balcones se despueblan de las familias
y todo vuelve a su movimiento normal.
La noche en “ 18 “
En los primeros años del siglo comenzaron a ser moda en Montevideo las
reuniones en el café, de las que salió lo mejor de nuestro periodismo,
nuestra música popular y hasta nuestra literatura. En sus mesas siempre
concurridas se oía y discutía de todo hasta bien entrada la
madrugada. Aparte de los legendarios reductos de la Ciudad Vieja o la Plaza
Independencia, había varios por la principal avenida, como LA COSECHERA, en
18 y Convención, e cuyo subsuelo se podía jugar al billar, el SPORTMAN, en
18 y Ejido, - donde se reunían intelectuales y gente de¡ turf, el NOVEDADES,
más frente a la Intendencia, que recogía a los parroquianos pasados de copas
que venían de la Ciudad Vieja.
En algunos de estos cafetines, sobre todo los que tenían palcos o
entarimados, se podía ir a escuchar tríos u orquestas y, gracias al
afrancesamiento de las costumbres burguesas, se les comenzó a llamar
café-concerts. En LA GIRALDA, de 18 frente a la Plaza lndependencia, fue
donde se produjo el histórico estreno de La Cumparsita, a cargo del cuarteto
de Roberto Firpo. El AVENIDA, en 18 y Río Branco, era frecuentado por
bulliciosas barras juveniles, deportistas y esa heterogéneo gente que puebla
noches y madrugadas, A pocos metros, siempre por la acera sur y hacia Julio
Herrera y Obes, estaba el WELCOME, de don Benito Romay, que nucleaba a
jóvenes trajeados a la moda, atildados, entre los que se encontraba la barra
Ateniense. También a mitad de cuadra los San Román, dueños del tradicional
Tupí Nambá, levantaron en 1927 una sucursal de este viejo café, al que
inmediatamente se conoció como el TUPI NUEVO.
Otra forma de entretenimiento era el biógrafo, como se llamaba entonces
a las salas de cine, en cuyas funciones había numerosos musicales en vivo
para los entreactos. Actualmente no queda ninguna de las salas de la
primera época. Por 18 pasando Andes estaba el TRIANON y el ORO, a la altura
de Julio Herrera y Obes el viejo BUCKINGHAM, en el cruce con Paraguay el
RIALTO y a un costado de la Plaza Cagancha el LIBERTAD; en Cuareim el SOL, a
mitad de cuadra el ARIEL y en Ejido el PETIT VERSALLES.
CRONICAS
por GUSTAVO AYALA
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