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En el principio del carnaval están los negros. Se juntaban en el recinto
para el candombe y se dividían en naciones: los Congos, los Mozambiques, los
Benguelas, los Minas, los Cabindas, los Molembos... Como consecuencia de lo
cual no había un Rey, sino muchos: uno por nación. Como se les llamaba
también tíos, eran el Rey tío Tal y el Rey tío Cual. Sus apellidos,
apellidos de esclavos que tomaban el de sus amos, reflejan como un espejo
oscuro, el nombre de las mejores familias del tiempo. Rey tío Francisco
Sienra, Rey tío José Vidal, Rey tío Antonio Pagola. Junto a ellos,
igualmente negras y con apelativos igualmente patricios, reinaron las Reinas
tía Felipa Artigas, tía Patrona Durán ... Isidoro De María, que recogió para
la posteridad estos nombres históricos, aclara que entre todas las Reinas,
la que hacía mejores pasteles era la Reina tía María del Rosario, que tal
vez por esta cualidad personal no precisó apellido con que distinguirse para
después. El tango Calungangüé... El lugar de los candombes era el Recinto: el "estrado", la "cancha": es decir, el lugar de los bailes. Antes de que "la cancha" fuera por antonomasía la cancha de fútbol, fue para los montevideanos por antonomasía la cancha de baile. La cancha, la sala, el salón, la Academia. Para ilustrar la importancia de estos "tangos", como se llamaban genéricamente los bailes del Recinto, baste decir que los amos concurrían con sus familias a verlos. Y que los negros se vestían para esas ocasiones con las ropas de los amos. De María lo cuenta y detalla el vestido de los que tocaban el tamboril y la marimba y bailaban. "Los tíos agenciaban sus casacas, calzones, levitas ... corbatines, elásticos, galera alta, y por fin, cuanto podían para vestir de corte". "Las amas y amitas ... se esmeraban en ataviar a la Reina y a las princesas, proporcionándoles vestidos, blondas, cinturones, collares. . .". Todo lo prestaban las amas de sus negras, "menos, por supuesto, la cabellera, por aquello de que ya se hará cargo el lector". Cuando con el tiempo los amos dejaron de ser amos, y hasta de ir a ver a los negros, éstos tuvieron que entrar a la ciudad para mostrarse. En grupos, con el tamboril a cuestas, la recorren todavía en carnaval. Nadie recuerda ya el Recinto. El Recinto no existe hace mucho. Pero de él queda todavía "el escobero", único bailarín del candombe, que marcha a su cabeza. Y todavía, como en 1800, el bailarín lleva galera. Y todavía circula, desgajado del grupo, como en el tiempo del Recinto, la bandejita que recoge monedas. No hubiera creído seguramente el Rey tío Antonio Pagola, que con el andar de los tiempos el candombe tendría no Reyes sino Reina. Una sola sobre todas las naciones. Y por añadidura, rubia y extranjera. La era del agua En "El tiempo de los tres botones", Máximo Torres nos cuenta cómo fué el carnaval que vino después, el "heroico". Las armas generales no eran el papelito ni la serpentina, ni el ya extinguido "pomito de éter": eran el agua y los huevos, que están en el árbol genealógico de aquellos, como los Reyes negros en el de Abbe Lane y como el "calunga calun gangüé" en el de la raspa. Empezaban "los juegos" -ya veremos qué juegos- a las doce, y la señal eran dos cañonazos de las baterías del Fuerte de San José. En el mercado se izaba un gallardete y el campo quedaba libre para los juegos hasta que los cañonazos del anochecer lo indicasen. "Dos minutos después del disparo, que se esperaba con ansiedad por los que temían la multa, se oía un galope: un jinete, de camiseta garibaldina, pantalón corto, mostrando las medias y atravesado el pecho con un aro de miriñaque forrado de tul verde abullonado a guisa de corona ... aparecía a la vista." Los Cantones
“A las dos o tres de la tarde, aparecían los cantones, los inolvidables y
formidables cantones con su bandera cruzando la calle en que se leía: NO
PEDIMOS NI DAMOS CUARTEL." "A eso de las cinco de la tarde, cuando el bárbaro juego estaba en su mayor auge, se oía un trepidar ensordecedor, murmullo de voces que se acentuaban de minuto en minuto y de pronto gritos, aplausos y vivas. Era la bomba de la Policía: un armatoste pesado, inmenso, arrastrado por muchos celadores y voluntarios, que venía a pelear con los cantones". Algunos de estos se quedaban a pelearla. Y cuenta Torres que a veces triunfaban. Otra, era la Policía la que quedaba dueña del campo. Entonces, sin enemigos que combatir, la bomba policial se dedicaba ella a dirigir su poderosa manga contra los balcones llenos de mujeres y los hombres salían armados de baldes a la calle para resistirse. Era el carnaval a muerte. Con heridos. Con ojos amoratados durante días por un huevo certero. Y con una secuela invariable de muertos de pulmonía o tisis. El carnaval a muerte. El Cordón. "El edicto policial, dice Juan Carlos Pedemonte que lo recoge, suscrito por el Jefe de la Repartición señor Santiago Botana, nos pone al corriente de los hábitos carnavalescos de la época" (1861). El edicto prohibía disparar balazos (!) y lanzar piedras Establecía, además, penalidades y multas de veinticinco pesos para quienes "dejaran caer baldes de agua sobre los sacerdotes y militares en servicio". "Para los demás mortales no existía restricción ni racionamiento". Se prohibía sólo "lanzar a los peatones o viajeros de los carruajes, pintura, almidón o barro!".
Claro está que esto era en el Cordón, y el Cordón es el barrio con Dios
aparte. Un Dios para el cual todo el año y toda la historia han sido
siempre Carnaval. Piénsese que en este barrio, Artigas nada menos, antes de
ser Jefe de los Orientales, fue Comisario. Piénsese que es el único de
Montevideo donde hubo una batalla campal: la del Cardal. Fue en ese barrio
del Cordón donde, cuando la ley libertó a los esclavos y la policía venía a
reclamarlos, el francés Rigaud, histórico "machete" vecino de él, escondió a
dos negros, atados, adentro del aljibe. Y cuando los negros gritaban, y el
Comisario, sucesor de Artigas en tan alto puesto, preguntaba qué había
adentro, el francés contestaba que agua no más. El Comisario tuvo que
decirle que hiciera el favor de sacar unos baldes para ver si el agua era
cristalina. .. o negra. Lo cuenta Pedemonte en su delicioso libro "Más allá
de la ciudadela". Y la última del Cordón, recogida por Isidoro De María. Fue en la Iglesia y durante el corto período de dominación británica, resultado de las invasiones inglesas de principios del siglo pasado. A la hora de la misa, en pleno oficio y estando, por consiguiente, abiertas las puertas del templo, "se coló muy suelto de cuerpo un soldado inglés, y tomando asiento en un banco, se puso a comer pan con manteca. No hay que tomarlo a broma, porque los libros capitulares dan fe del hecho". El cura se quejó del desacato pasando nota al Cabildo. "Este, a su vez, dirigió, otra sobre el hecho al General Achmuty, excelente persona, y no volvió a repetirse".
Don Magín, El vencedor de huevos, mecánico inventor del huevo de cera La segunda peculiaridad de Don Magín era su casa, casa de carnaval viviente, regida por la mecánica y sus curiosidades. "Se entraba a su casa por escotillón, dice Torres; se sentaba uno en bancos con secreto y de pronto se abría una pared." El visitante de Don Magín, a quien éste dejaba deliberadamente solo -en una habitación con cualquier pretexto, se encontraba de pronto que "las estatuas de mármol del patio empezaban a mover los brazos" o que "aparecía la cabeza de cera, ensangrentada, de un francés degollado por los blancos del Cerrito." 0 que "entre las enredaderas se balanceban pescados embalsamados." Don Magín, a quien el carnaval de la época debió la invención, fabricación y venta de los huevos de cera, que venían a sustituir con ventaja a los de avestruz y gallina, porque siendo igualmente fáciles de arrojar lastimaban menos, era además el protector y organizador máximo del carnaval.
Don Magín aprovechaba y utilizaba en beneficio propio su museo usando para
ello de una naturalidad imperturbable. Aparecía, por ejemplo, un día,
calzado con las zapatillas que habían pertenecido al Virrey Cisneros. Solía
usar una bata que había sido de Garibaldi. "Y cortaba las hojas del libro"
que leía, como si tal cosa, "con el facón de Cuitiño"'
Si alguien en el mundo ha sido alguna vez la encarnación viviente del
carnaval, éste fue Don Magín, catalán de nacimiento y vecino de esta ciudad
de Montevideo. Como quiera que sea, y en previsión quizá de que alguien
quisiera ignorar en los siglos venideros este título, el impagable Magín
configuró una prueba irrefutable: instaló la primer casa de alquiler de
disfraces que ha tenido Montevideo. El carnaval y la historia De muchas maneras -está comprobado- puede ser escrita la historia. Desde el ángulo material, como quería Marx, o desde el punto de vista del sexo, como sostiene Freud. Puede escribírsela partiendo de la geografía, al gusto de Taine o de las individualidades, según lo prefiere Carlyle. Creo que fue el genial Huizinga quien propuso alguna vez la posibilidad de componerla desde el punto de vista de los siete pecados capitales. Escribir la historia partiendo del carnaval no sé si será posible. En la Argentina, nada menos que Exequiel Martínez Estrada asegura que para entender la tristeza criolla, (es decir: la mentalidad, la historia criolla), es menester primero comprender el carnaval argentino: "El carnaval, agrega, es la fiesta de nuestra tristeza". Es en las fiestas carnavalescas que hay que buscar la esencia de la vida de la nación, por ser la fiesta de la "impersonalidad y del anonimato, de oprimidos y descontentos". En el Brasil.. . Bueno, como dice Freitas, "ya alguien dijo que el brasileño realiza durante los tres días de carnaval lo que piensa durante todo el año"!
Yo no sé si la historia uruguaya se puede escribir partiendo de sus
carnavales. Pero sospecho que, historiándolos a éstos, es posible cuando
menos y adivinarla. Citaría, a propósito del ya citado Cordón, y de esta muerte definitiva del carnaval de antaño, que otros ya no lamentan, aquel episodio del comisario, cuando una mañana apareció muerto en su jurisdicción, tirado en la calle y con una herida de cuchillo que lo abría en canal, el famoso matón conocido por "Indio" Benigno Mena. Pedemonte la recoge. Preguntaron al Comisario aludido del Cordón quién había matado y cómo habían matado al Indio. El sucesor de Artigas contestó, cachaciento: -"Quién lo mató no sé... Pero conociendo al finao, es fija que el que lo mató, lo mató en defensa propia."
Manuel “Maneco” Flores Mora |
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