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Parecería que el hombre fue además de contrabandista, un terrateniente
descarado. Un 14 de febrero como hoy, pero en 1805, el Comandante del Norte, el coronel Francisco Javier de Viana rosolvió en uso de sus facultades expresas, conceder “ el uso y propiedad de un terreno a don José Artígas”- una estancia más grande que el departamento de Montevideo: 105.000 hectáreas. Como de costumbre, la historia nacional, visto que no podía entender este hecho, lo silenció.
El Reglamento del 15 es tan rutilante en su letra, que impidió seguir la
reforma profunda de Arerunguá que se cumplió naturalmente, sin los horrores
del expediente. El reglamento era aplicable a europeos, criollos o indios
amansados.
José Artigas, fue uno de los terratenientes con mayor extensión de tierra
que ha habido en la moderna Banda Oriental. Y sin embargo, algo rechina,
aunque todo haya sido correcto y la escritura sea formalmente impecable.
Arerunguá es palabra clave para entender la historia patria.
A esa situación desesperada, Artigas le llama orondamente: estar
“ en centro de mis recursos “ y alguna otra vez: “ el seno de mis recursos ”
No hace mucho (mediados de este siglo) se puso de moda, el Reglamento de 1815, que Artigas decretó y que fue aplicado de modo un tanto inoperante. Pese a eso, fue profuso y difuso, el uso y abuso del documento, a partir de los años cuarenta. Aunque no hace mucho que se publicó la primera serie documental importante sobre esta reforma agraria, el tomo 26 del Archivo Artigas (Arreglo de la campaña) que apareció en 1992. Pero que “ los más infelices serán los más privilegiados “ se decía ya en las escuelas, en los discurso políticos, en las esquinas y al pie de los mostradores de todo el país. Y se sigue repitiendo a mares, siempre sin prestarle mayor atención a lo que quieren decir esas palabras, como si fuera un rezo. La frase se repite cada vez más sin que nadie aclare quienes eran los más infelices. Tampoco se averigua si en tiempos de Artigas, no habría otros que fueran más infelices que los más infelices. Los uruguayos tienen tendencia a subirse caminando a toda tesis que exija poco esfuerzo y prometa regalar alguna cosa. No es mi intención menospreciar él reglamento del 15; en verdad es un documento que supera en mucho a los mas avanzados de su época. Superaba al más grande maestro que Artigas conoció personalmente: a don Félix de Azara, un sabio a la europea y un hombre progresista (medianamente progresista). Al lado de las ideas de Artigas, Azara es un maturrango lleno de infulas; y ( yo diría ) : un intelectual convencional y bastante reaccionario. Azara pensaba: tenemos que domesticar a los infieles, convertirlos a la religión católica y luego darles fuentes de trabajo para que progresen y mejoren su calidad de vida. Azara hubiera dicho: los charrúas son los más infelices. Lo decía con otras palabras y la idea núcleo de su pensamiento: Fundamos poblaciones con europeos pobres (pioneros) y les repartimos tierra sin costo alguno y les facilitamos herramientas; y les enseñamos a amansar ganado chúcaro. Y somos tan cristianos, que admitimos indios conversos, en esas poblaciones. El plan era tan bondadoso, que los indios ( los seres más desposeídos, ni siquiera tenían Dios ) podían allegarse y ser civilizados; aprender alguna técnica; conseguir lo necesario para empezar; comer todos los días; estar abrigados. Azara sostenía, eso sí, que a los indios que no se convirtieran a la religión había que combatirlos hasta su extinción. Su plan - que en definitiva fue la solución uruguaya - era matar a todos los que permanecieron infieles (vale decir: fieles a su cultura y a su manera de ser y de convivir, fraternalmente, en fratrias). Perfecto planteamiento de curas y bachilleres diría Unamuno. Por eso pienso que Azara fue un pensador de vuelo bajo; aplicaba a la realidad viva, soluciones lógicas. El resultado, por supuesto, era tan claro como que dos y dos son cuatro; sólo que completamente ajeno a la medida humana: un planteamiento horroroso para nuestra sensibilidad, que es poco comprensiva de la esclavitud y del genocidio. La intención manifiesta de Azara, apuntaba a la “ aculturización “ total de los infieles: se trataba de quitarles su manera de vivir hasta qué dejaran de ser indios y quedaran como europeos azonzados, quemados por el sol. Eso, o el exterminio. Siempre me llamó la atención que, en un documento de la mayor importancia (el Reglamento para el reparto de tierras) Artigas le llamara infelices “ a los charrúas. No se necesita leer documentos desconocidos, para saber que esa manera de expresarse era imposible. “ Infelices “ es un adjetivo para mansos y mohinos; marginados de inmigración o guaraníes lacrimosos, gente discapacitada para emprender. Talentosos escritores actuales en cuanto cursis, siguen cultivando la veta tape que tanto dilató Agustín Magaldi. Lamento de cabrón, injurian en España. No es concebible pues, juntar la expresión 'infelices' con un grupo humano indómito y triunfante. En 1815 la caballería charrúa, venía de derrotar dos veces a Buenos Aires y a todos las demás provincias juntas y de refilón a la pobre Montevideo, que pasaba de mano en mano: de españoles a porteños y de porteños a los artiguistas; ya sin armas y sin plata. Los charrúas liquidaron primero al despreciable Manuel de Sarratea (principios del 13) y lo hicieron salir disparado de vuelta a la capital. Dos años después, la acción logística de los charrúas hizo posible el triunfo en Guayabos. Aislando a Dorrego y deshaciendo su caballada, los charrúas decidieron por segunda vez la suerte de la región. ¡Y a esos! ¿ Iba a llamarle Artigas, “ los más infelices “ ?
Cuando Artigas escribe sobre este pueblo formidable emplea otro
adjetivo, exactisimo y glorificante; dice: “ los indios bravos “. Nadie como
no sea él, habla así de la nación charrúa. El Reglamento de 1815 estaba
destinado pues, a otros clientes, más inermes y desolados.
El plan de Artigas para proteger a los charrúas y al mismo tiempo suprimir los malones, fue concebido y llevado a la práctica del modo mas formal, antes de la revolución de 1811; sólo que la solución, jamás propuesta o insinuada a las autoridades, fue lo que hoy llamaríamos: una pura iniciativa privada. Los historiadores en uso, no encontraron papeles burocráticos y por consiguiente dijeron: aquí no pasó nada. Pero pasó ¡ y cuánto l Basta tirar de la punta del hilo y sale un ovillo machazo. Era una solución analfabeta, aplicable a seres que no sabían leer ni escribir: limpiar el contorno de aspirantes a pioneros y otros mercachifles ávidos; abrirle cancha a la tribu sin tocar su índole anárquica, capaz de vivir sin Estado y sin policía, sin bienes atesorados y sin mansiones. El Reglamento del 15 es tan rutilante en su letra, que impidió seguir la reforma profunda de Arerunguá que se cumplió naturalmente, sin los horrores del expedienteo. El reglamento era aplicable a europeos, criollos o indios amansados. Los charrúas eran otra gente. El 14 de febrero de 1805, Artigas adquirió en propiedad una estancia de 105.000 hectáreas y la puso al servicio de las mil almas que la poblaban. Siete años mas tarde (cuando decida dejar de ser un criollo sujeto a Buenos Aires y se quita el uniforme y huye del sitio de Montevideo) se instala en ese preciso lugar y desde allí, inicia una guerra publicitaria: el federalismo, que corre como un reguero de pólvora hasta incendiar irremediablemente, la República Argentina. Estaba en el centro de su poder. ¿ Qué poder ? Cuando muchos años después, los tasadores especializados estiman un precio de venta para esa enorme comarca, fijan una cifra equivalente a 55 vacas, puestas en Montevideo. Es decir, lo dan un valor insignificante a esa vasta extensión de desierto, a la cual no se podía ir y de la cual no se podía sacar nada... , nada como no fuera el poder de un arma inigualable.
La modernidad de Artigas es notable: adquirió en propiedad una pradera para destinarla a “ reducción “ o “ reserva “ o “ parque “ indio; le dio a su tribu los potreros que necesitaba para vivir sin dejar de ser quien era: comer de la caza y de la pesca; no dar cuenta a nadie; vagar por los campos sin patrón ni guardia armada; sin subordinarse; sin estar pendiente de tener y mantener y obtener “ cosas “; para que cada uno hiciera lo que quisiera, dentro de las creencias y las normas morales de la comunidad. Estaban equivocados los historiadores que reaccionaron contra la leyenda negra, cuando acusaba a Artigas de anarquista. Era anarquista, en el trato con quienes no tenían Estado. Pivel Devoto, que fue un sabio, supo todo lo que estoy escribiendo. Pivel lo supo y no pudo armar el puzzle, porque la verdad última le repugnaba. Pero era la verdad: la leyenda negra tenía razón cuando dijo contrabandista “ y tenía razón cuando dijo “ anarquista “ (aunque haya ignorado el sentido que eso cobraba en su caso). Pivel Devoto escribió alguna vez que Artigas tenía un sentido “selvático “ de la libertad. Lo dijo así de breve y no insistió, ni estudió y menos escribió una línea más, para aclarar el alcance del calificativo. Pero detrás de esa colación de desierto se abría un mundo de conclusiones. Esta es la cuarta revolución de Artigas (su revolución social) en medio de las otras tres, más conocidas y compartidas: Independencia, República y Federación. Me pregunto: ¿ qué hacen las Universidades, cuyo cometido diferencial es investigar ? ¿ Hasta cuando la historia va a servir para aburrir a los muchachos y deformar el pasado ?
(1) Maggi, Carlos, “ Artigas y su hijo el Caciquillo “, Ed. Fin de siglo,
Montevideo, 1995, pág 11 7.
EL PRODUCTO CULTO INTERNO - Por Carlos Maggi - diario El País, 14 de Febrero de 1999. |
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