El Foreign Office y el Estado Tapón
  La historia oficial y la historia propagandeada para uso de escolares y de la opinión pública, señala el 25 de Agosto de 1825 como el día de la Independencia Nacional. Sin embargo basta una simple lectura de las memorables resoluciones adoptadas por la Asamblea de la Florida, para saber que las mismas constituyen una afirmación - en rigor, un retorno, una reconquista - de la concepción federal de José Artigas.

La Convocatoria de los Cabildos, a los efectos de que eligieran representantes para constituirla rezaba: "La Provincia Oriental, desde su origen ha pertenecido al territorio de las que componían el Virreinato de Buenos Aires y, por consiguiente fue y debe ser una de las de la Unión Argentina, representadas en su Congreso General Constituyente. La Asamblea constituida bajo los auspicios de tal doctrina, aprobó tres leyes en su sesión del 25 de agosto de 1825.

Por la primera declara "irritos, nulos, disueltos y de ningun valor para siempre todos los actos de incorporación, aclamaciones y juramentos arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y Brasil, que la han tiranizado, hollado y usurpado sus inalienables derechos ..."

Por la segunda, se vota la reincorporación de las Provincias Unidas del Río de la Plata: "Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre en el territorio de Sud América por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de dichas provincias".

Por la tercera, crea el pabellón Nacional con los colores de las banderas artiguistas, celeste, blanco y punzo'. Ninguna exegesis alambicada, ningún rebuscamiento de ocultas intenciones, ninguna sutileza de entrelineas, puede tergiversar el diáfano sentido de estas leyes. La orientalidad retornaba al artiguismo; o dicho de otra manera, se reencontraba con su esencia.

En efecto, la cruzada de los 33 - cualquiera que fueran los propósitos de sus financiadores porteños - se forja al calor de las ideas y la viva presencia de José Artigas. Sus Jefes - Juan Antonio Lavalleja y Manuel Oribe - han gestado sus personalidades políticas y militares junto al inolvidable e ilustre caudillo. Fructuoso Rivera, que se incorpora a la lucha después del desembarco en la Playa de la Agraciada, recogió la sustancia de su prestigio popular como actor de primera fila en las montoneras gauchas del Protector de los Pueblos Libres. Pero, sobre todo, el pueblo oriental alzado en armas contra la dominación portuguesa, protagonista fundamental de la gesta independentista, se mueve con el sentimiento, la intuición o la convicción de su orientalidad, adquirida bajo la jefatura de José Artigas.

Para las masas populares, esta nueva guerra era la continuación de la encarnizada pelea iniciada contra la primera invasión portuguesa de 1811 y, ante todo, la posibilidad de la segunda invasión de 1816.

Los orientales eran artiguistas y federales. En 1825 descolgaron las lanzas de las troneras de los ranchos y taperas, desenterraron los sables y recuperaron las bien escondidas carabinas, para luchar por los viejos significados: la Confederación de los pueblos rioplatenses, la república, la libertad, el reparto de tierras, la justicia para los pobres.

Don Bernardino Rivadavia, el presidente unitario.

Las leyes de la Florida fueron ratificadas con sangre y sacrificio. Las victorias militares de Rincón y Sarandí les dieron carne y vigencia irrefutable. Eran la expresión soberana de un pueblo que las suscribía peleando y venciendo para defenderlas. El 24 de octubre de 1825 el Congreso votó la reincorporación de la ex Cisplatina a las Provincias Unidas y el 10 de diciembre el Imperio del Brasil declara la guerra. En enero de 1826 ingresan al Congreso los diputados orientales.

Hasta entonces ocupaba el cargo de Gobernador el general Las Heras, cuya posición en el problema se clarifica con las siguientes declaraciones formuladas en Chile años mas tarde: "Si no me hubieran intrigado, hubiera reunido 20.000 hombres, porque todos los caudillos incluso Bustos tenían confianza en mi palabra y a la cabeza de ese ejército, no digo en Río Grande, en Río de Janeiro también hubiera puesto en amargos aprietos a los portugueses":

Pero la situación política sufre un vuelco espectacular cuando el 7 de febrero de 1826 es elegido Presidente de la República Bernardino Rivadavia. El unitarismo, que nada ha olvidado ni nada ha aprendido, retoma las riendas del poder. El gobierno de Rivadavia es un tema de candente discusión histórica. Sus panegiristas exaltan la famosa ley de enfiteusis (calificada como una "verdadera reforma agraria") y sus esfuerzos por difundir la cultura y la civilizacion en el país.

En rigor, los objetivos teóricos de la ley de enfiteusis - una amplia colonización agrícola en base a la inmigración y el surgimiento de una renta capitalista que financiara obras de desarrollo - fracasaron estrepitosamente. Los grandes beneficiarios de la misma fueron los Lezica, los Anchorena, los Díaz Velez, etc.: la flor y nata de la naciente oligarquía terrateniente que, con el pretexto jurídico de la enfiteusis, comienza el acaparamiento de tierras que tomara vuelo definitivo en el regimen rosista.

Pero para formular un juicio fundado sobre la gestión gubernativa de Rivadavia, es imprescindible considerar otros hechos. Entre ellos, cuenta el empréstito con la casa bancaria inglesa Baring Brothers por un millón de libras, equivalente a 2.750.000 pesos fuertes. La nación solo recibió 570.000 libras y pagó por ellas 23.734.766 pesos fuertes. La mayor parte de las libras recibidas, llegaron como letras de cambio para comerciantes ingleses. Sin duda, este empréstito constituye un hito importante en la política de estrangulamiento financiero de las nacientes repúblicas latinoamericanas, iniciada por la City en la década que comienza en 1820.

El Vizconde de Chateaubriand hace de la misma, este espeluznante resumen: "De 1822 a 1826 diez empréstitos han sido hechos en Inglaterra en nombre de las colonias españolas. Montaban esos empréstitos a la suma de 20.978.000 libras. Estos empréstitos - el uno llevaba al otro - habían sido contratados a la nada despreciable tasa de interes de 75%.
Después es cierto que se descontaron dos años de interés al 6% pero esto no cambia la médula del asunto. En seguida se retuvo 7.000.000 de libras de gastos varios inespecificados. Al fin de cuentas Inglaterra ha desembolsado una suma real de 7.000.000 de libras, pero las repúblicas latinoamericanas han quedado hipotecadas en una deuda de 20.978.000 libras".

Además, debemos recordar la constitución de la "River Plate Mining Association", con el objeto de explotar las minas de Famantina en tierras riojanas. Su presidente era el propio presidente de la República, con un sueldo anual de 1.200 libras esterlinas. Otra ilusión de don Bernardino, que tropezó con las lanzas reales de los riojanos, y la muy real fiereza de Facundo Quiroga.

Luego esta la creación del Banco Nacional, al cual se le concede el monopolio de la emisión y que, como se ha demostrado irrefutablemente, esta controlado por el capital de los comerciantes ingleses.

Por último, en el ílano politico, la ley que convierte a Buenos Aires en la capital de la Nación y la sanción de la Constitución Unitaria de 1826, que reeditaba, porfiadamente. la furia antifederal y por tanto antiartiguista de la de 1819.

Las masas populares y federales de las provincias se alzaron contra esta política probritánica y oligárquica. El centralismo asfixiante de Buenos Aires retornaba con toda la rabia antipopular recogida en la resistencia implacable de las montoneras artiguistas.

Es en el conjunto de esta orientación, que debe analizarse la Misión García; jugada del gobierno rivadaviano para conjurar el problema de la Provincia Oriental en disputa. Los unitarios sabían que la Provincia Oriental era la fuente y la verdadera fuerza del federalismo popular.
Sus puertos atlánticos la independizaban de la dictadura portuaria de Buenos Aires y sus tradiciones artiguistas la erigían en la mas grave amenaza para el propósito de someter y explotar a la nación, en exclusivo beneficio de la cúpula oligárquica porteña. Mas de una vez habían intentado segregar este remolino revolucionario de allende el Plata. Como se ha demostrado inapelablemente, las intrigas unitarias constituyen un factor decisivo en la invasión portuguesa de 1816. La reincorporación de la provincia rebelde, en el instante en que se intenta el nuevo plan unitario de la Constitución de 1826, y la necesidad del ejército en operaciones contra el Brasil, para reprimir la insurgencia de las provincias, se conjugan para explicar la Misión Diplomática del Dr. Manuel J. García.

Ministro de Negocios Extranjeros de Rivadavia, hombre de confianza para los ingleses, que aspiraba rape con gesto aristocrático en una caja ornada de brillantes con el retrato del Rey de Inglaterra (de quien la había recibido como obsequio) fue enviado a la Corte de Río de Janeiro para entregar la Provincia Oriental en obsequio al Imperio, victoriosamente. La reacción popular fue tan intensa, en el momento en que las tropas rioplatenses avanzaban, que provocó la caIda de Rivadavia. Este quiso justificarse desautorizando al Dr. García. Y su ex ministro se defendió, declarando que en las instrucciones recibidas se le había dicho: "El principal interés era salvar a la República de los gobiernos bárbaros que dominaban las provincias que amenazaban extenderse a la capital ... " y que "en la alternativa de ver perdida la cultura social y política del país o de tener el ejército para salvarla, había creido que a esto último le obligaba su deber y su patriotismo, tanto mas cuando a sus ojos, los orientales no eran ni serían jamás argentinos".

O sea, que los rioplatenses se desangren en una guerra fratricida para afianzar el poder oligarca de Buenos Aires, en lugar de ayudar a sus hermanos orientales a conquistar un destino común y federal expuesto lúcidamente por José Artigas en las Instrucciones del año XIII.

El Coronel Manuel Dorrego, federal democrático, llega al poder y expone su intención de continuar la lucha contra el Imperio. Entonces se hace visible y duro el largo brazo de la diplomacia británica, que viene moviendo los títeres en el retablo de la cuenca platense con su paciencia y eficiencia inmemorables.

El equilibrio de poderes.

El Primer Ministro Canning expuso en una frase, el nódulo de la política inglesa en el sur del continente americano: "He hecho surgir a la vida un Nuevo Mundo para restablecer el equilibrio del Antiguo".

El fin de la guerra entre Brasil y las Provincias Unidas, con el surgimiento de la República Oriental del Uruguay, es un triunfo de la política británica del "equilibrio de poderes".

Nicholas J. Spykman la explica admirablemente en su libro "Estados Unidos frente al mundo": "La política británica respecto al continente europeo parece moverse en una serie de largos ciclos en los cuales acaece de modo inevitable la monotona reiteración de las etapas de aislamiento, alianza y guerra; cambio de socios, alianza y guerra, y así ad infinitum". "Si la guerra se lleva hasta feliz desenlace y termina con una completa derrota de los adversarios, Gran Bretania se inclina a mudar su apoyo diplomático y economico. Abandona al antiguo aliado, porque ahora esta en el lado fuerte, apoya al antiguo enemigo, porque ahora es el lado débil. Restablecido así a su satisfacción el equilibrio, vuelve a su espléndido aislamiento. Pero el equilibrio se trastrueca y el ciclo comienza de nuevo. Y así desde hace trescientos años".

"Su imperio se forjó a base de un continente equilibrado que permitiera la libertad de movimientos al poderío británico, y solo en condiciones similares puede conservarlo. Un continente dividido y equilibrado es requisito indispensable para la continuada existencia del Imperio. Un continente dividido quiere decir hegemonía británica. Es inevitable que esta relación de poder merezca la oposición del Estado que aspira a desempeniar papel predominante en el continente, empresa que en diversos períodos de la historia acometieron España, Austria, Francia y Alemania".

Y concretando las formas de esta política: "La política exterior británica se esforzó sagazmente por impedir que surgiera al otro lado del canal y de la zona angosta del Mar del Norte otro poder naval o potencia dominante ... manteniendo y amparando la existencia de 'estados cojines' tales como Austria, Bélgica y Holanda".

La concertación de la Convención Preliminar de Paz de 1828, que dió nacimiento a nuestra República, fracturando una vez mas el viejo contexto geográfico-histórico de la cuenca rioplatense, es el fruto de distintos factores. Entre ellos, cuentan el deseo ferviente de los orientales por emprender en paz, la reconstrucción de su comunidad, su hastío por las alternativas interminables de la política bonaerense, una mayor consolidación de la orientalidad como consecuencia de la larga lucha por la independencia, etc. Pero ninguno de ellos puede oscurecer el hecho decisivo de que Inglaterra aplicó en el Río de la Plata su vieja y probada política de poderes, asentada en la pieza maestra de un Estado tapón o cojín. Así como tampoco puede negarse, que ello significó una derrota contundente y estrepitosa para la concepción federal de José Artigas.

Lord Ponsomby no es la nación. El Foreign Office se valió de un hábil diplomático para plasmar sus planes en estas tierras: Lord Ponsomby. La literatura oficial y cipaya lo ha encumbrado al rango de héroe nacional, lo identifica con la creación de nuestra nacionalidad. Lord Ponsomby prestó grandes servicios al Imperio Británico y merece el monumento que los ingleses puedan haberle erigido. Pero su política consistió en destruir la visión artiguista de una gran Confederación de pueblos en el Río de la Plata. Para nosotros, pues, Lord Ponsomby no es la nación; a menos que confundamos nuestra nacionalidad con una colonia inglesa.

Existe una copiosa e ilevantable documentación probatoria de los conceptos expresados. Veamos algunos ejemplos de la misma.

En el trabajo "El Imperialismo en el Uruguay" se dice: "El 18 de enero de 1828 Lord Ponsomby explica, en memorable documento, a Lord Dudley las Instrucciones e ideas del Primer Ministro Canning al respecto. Argumento largamente a favor de la tesis segregacionista, en virtud de los grandes beneficios - razón ecuménica del gentleman -, que el comercio inglés derivará de la misma. Y en un significativo pasaje dice: En vista de estas circunstancias y de lo que podría resultar de ellas en un futuro no distante, parece que los intereses y la seguridad del comercio británico seréan grandemente aumentados por la existencia de un Estado en el que los intereses públicos y privados de los gobernantes y pueblo fuesen tales que tuviesen como el primero de los objetivos nacionales e individuales, cultivar una amistad firme con Inglaterra ... "

El consul norteamericano Forbes lo expresa con mas crudeza en una carta dirigida a su gobierno en junio de 1826: "Lo que yo había predicho se cumple; se trata nada menos que de la erección de un gobierno independiente y neutral en la Banda Oriental bajo la garantía de Gran Bretaña ... es decir, solo se trata de crear una colonia británica disfrazada".

José León Suarez revela el siguiente episodio en un trabajo de mucho interés: "Los representantes de Inglaterra en Río de Janeiro y Buenos Aires, señores Gordon y Lord Ponsomby, respectivamente, gestionaron y presionaron a ambos gobiernos para que transaran en sus pretensiones e hicieran la paz. Así como en Río de Janeiro, Inglaterra aparecía en favor de las Provincias Unidas, aquí en Buenos Aires, Lord Ponsomby parecía patrocinar al Brasil en cuanto desde su llegada, desarrolló la política de convencerlo de que la máxima aspiración debía limitarse a la independencia de la provincia disputada. Consta en carta de don José María Rozas, Presidente de la Cámara de Diputados en 1827 y luego Ministro de Relaciones Exteriores de Dorrego en 1828, que inculpándole a Lord Ponsomby que el objeto principal de la mediación fuera "la independencia de la Banda Oriental para fraccionar las costas de la América del Sur", el viejo aristócrata británico se amostazó y puso en evidencia, con énfasis, la verdad, diciendo brusca y sentenciosamente:
"El gobierno inglés no ha traído a la América a la familia real de Portugal para abandonarla; y la Europa no consentirá jamás que solo dos estados, el Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la America del Sud desde mas allá del Ecuador hasta el Cabo de Hornos".

El Vizconde de Itabayana, representante brasileño en Londres, dice en oficio elevado a su gobierno: "A Inglaterra quer dar a Montevideu a forma de cidade hanseatica sob a sua protecao pra ter em ela a chave do Rio da Prata assim como tem a chave do Mediterraneo e do Baltico". Luego aniade que Mr. Canning, despues de comunicarle tan "inicuo proyecto", le manifesto su deseo de mediar para realizarlo "y quiere serlo tan a toda fuerza que me intimo que si el Brasil no hiciese la paz con Buenos Aires dentro de un plazo de seis meses, es decir, si no cede la Banda Oriental, la Inglaterra se declarara a favor de Buenos Aires y en contra del Brasil".

Sube Dorrego al poder y se dispone a actuar enérgicamente en favor de la integración federal de la Provincia Oriental en el contexto de las Provincias Unidas. Lord Ponsomby declara abiertamente su preocupación:
"Es necesario que yo proceda sin un instante de demora y obligue a Dorrego a despecho de si mismo a obrar en abierta contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y consienta en hacer la paz con el Emperador ... ".

El Banco Nacional, con una mayoría de acciones en manos de los comerciantes ingleses, se alínea con Lord Ponsomby, asfixiando financieramente el gobierno de Dorrego. El 5 de abril de 1828 el diplomático británico informa de su éxito a su gobierno: "No vaciló en manifestar que yo creo que ahora el coronel Dorrego esta obrando sinceramente a favor de la paz. Bastaría una sola razón para justificar mi opinión: que a eso esta forzado ... Esta forzado por la negativa de la Junta (del Banco Nacional) de facilitarle recursos salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas ... ".

Lo expuesto constituye una selección de tramos de la tupida telaraña con que el Foreign Office envolvió el proceso político que desemboca en la Convención Preliminar de Paz de 1828. Ejemplo de sutileza, de habilidad, de cinismo, de paciencia, de sabia mixtura de suavidad con violencia; en una palabra, selecta exposición de los ingredientes fundamentales de una política imperialista británica aplicada sin pausas ni vacilaciones durante siglos. Los ingleses dominaban el uso de esta sutíl política imperialista a la perfección, después de haberla practicado exitosamente en casi todo el globo.

Guillermo Enrique Hudson tituló la primera edición de su magnífica obra sobre nuestra tierra: "La tierra purpúrea que Inglaterra perdió". Luego, no se sabe si como fruto del azar o de una intuición recondita de escritor, desapareció lo de "que Inglaterra perdió". En rigor, Inglaterra había ganado la batalla por "la tierra purpúrea". Pasaron los años. Sobrevino la decadencia del imperialismo británico y los intereses norteamericanos pasaron a desplazarlo, de norte a sur, en sus posiciones sudamericanas. Ahora sí, se torna válido el primer título del libro de Hudson.

Pero a la luz de la experiencia histórica, sabiendo como sabemos que el ejercicio auténtico de la soberanía nacional y de la autodeterminación de los pueblos, no es posible sin el control de su economía, de su comercio exterior, de su renta nacional; una verdad surge sin tapujos ni reticencias, los que perdimos una y otra vez "la tierra purpúrea", fuimos nosotros mismos, los orientales.

Las Montoneras y El Imperio Británico - Vivian Trias - Montevideo - 1954


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