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"Artigas creía en el indio; esperaba de él. Hace 134 años en una carta
al gobernador de Entre
Ríos, le decía que los indios debían gobernarse por sí mismos, para
salir del aniquilamiento que había condenado el dominio del español.
“Recordemos -le decía- que ellos tienen el principal derecho, y si su
pasada infelicidad ha hecho degenerar su carácter noble y generoso,
nosotros enseñémosle a ser hombres, señores de sí mismos”. Y en otra
carta al gobernador de Corrientes, afirma, de nuevo, su fe en el indio.
Oigámosle: “ Los indios, aunque salvajes, no desconocen el bien, y
aunque con trabajo, al fin bendecirán la mano que los conduce al seno de
la felicidad”. ¿Los indios conocen estas palabras? No lo sabemos. Pero ahí vienen en busca de Artigas, desde Itahí, desde las Garzas, los pueblecitos de más allá del río Paraná, en el Chaco. Tras penosas marchas, han llegado al Ayuí. El fuego intenso de los vivaques ilumina las siluetas de Artigas y del Cacique. Las estrellas los ven juntos, y el río, que los ama, los escucha, mientras se mece. ¿De qué hablaron? No lo sabemos. Pero he ahí que el Cacique retorna a su pueblo lejano. Repasa el río, con los ojos iluminados, y el corazón lleno de esperanza. Sí, el ha de traer aquí, e esta tierra donde está Artigas, a todos los de su raza. Y vendrán “con estos brazos, a robustecer la Provincia, su industria, su labranza, y su fomento”.
Es junio de 1816. Los indios guicuruses han llegado ya junto a Artigas. “Que se hagan hombres, dueños de sí mismos”. Y para no perder un instante, a romper el surco y a sembrar; a talar los montes; a preparar canoas; a levantar la escuelita para que el niño indio sepa pronto leer y escribir. Y que se levanten chozas para que el indio viva dignamente, que se gobiernen por sí mismos nombrando sus alcaldes indios; que se den sus leyes. Que el cabildo de Montevideo “no perdone fatiga ni sacrificio” que le envíe pronto río arriba en la balandra “Carmen” o en la sumaca “San Francisco Solano”, útiles de, arados, azadas, picos y palas. Más tarde pedirá cartillas, para enseñarles a leer; vacunas contra la viruela; campanas para la Iglesia pequeñita del poblado indio; hierro para forjar las lanzas, ¡las lanzas de la libertad! Civilizar era ya para Artigas, hace 134 años, poblar, dar tierra y libertad, enseñar, y ayudar al indio y a todos los humildes a ser mejores y a vivir dignamente. J.F. de F."
* Joaquina Fontenla de Fábregas Revista “El Grillo” Nº 4 - Junio de 1950
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