|
|
A medio siglo de la llegada de las hermanas
Masilotti en busca de un tesoro oculto en el
Cementerio Central, su caso sigue siendo recordado
como uno de los episodios mas curiosos que sacudieron
al Montevideo de los años ‘50
Dos tanas, un tesoro y muchos titulares.
Cerca de la Navidad de 1950 llegó a Montevideo desde
Hollywood una señora pequeñita y vehemente, con una
misión digna de libreto de cine: desenterrar un tesoro
en el Cementerio Central. Ni bien la prensa y la
opinión pública de la época supieron de la historia,
se convirtió en un hito, uno de esos relatos que
forman parte de la ciudad, y del que todos tienen un
recuerdo. El caso lo tenía todo -riqueza, misterio,
morbo-, la mezcla de ingredientes necesaria para
sacudir al pacato Uruguay de esos tiempos. Y lo logró.
Centenares de personas apostadas en los alrededores de
la necrópolis a toda hora, periodistas policiales
siguiendo el caso como un personaje de Bob Fosse en
“Chicago”, teorías conspirativas, visos mágicos y
cuplés de murga fueron algunos de los coletazos de
esta historia que empezó en abril de 1951, cuando la
señora pequeñita y vehemente llamada Clara Claudia
Masilotti pisó el aeropuerto de Carrasco.
Washington Inzúa es el capataz del Cementerio Central.
Hombre corpulento si los hay, lleva en el cuello una
cadenita con una efigie de José Artigas. Conoce cada
rincón del camposanto, cada obra de arte, cada célebre
difunto. Cuando se detiene cerca del Panteón Nacional,
señala al suelo. Allí, hay un rastro de una mecha
utilizada para buscar un túnel, el pasadizo que
llevaría al mas célebre tesoro que recuerden los
uruguayos.
Joyas, documentos y lingotes de oro serían parte del
motón en cuya búsqueda estaban emocionalmente
comprometidos todos los uruguayos. La impactante
riqueza estaría metida en un saco de cuero dentro de
una urna o ánfora de tierra romana, depositada en el
cimiento del muro desde el lado interior del Panteón
Nacional.
“Es una historia viviente del cementerio”, dice con
ironía acerca del caso de las Masilotti. El episodio
está en la mente de los uruguayos porque sus titulares
desplazaron debates políticos y conflictos
internacionales durante semanas. Porque las hermanas
Clara y Laura insistieron en su cruzada hasta la
década de los ’70 (después del intento de Clara en
1951, volvieron a probar suerte en 1956 y 1971).
Porque apareció otra mujer, una uruguaya, reclamando
el tesoro del Cementerio Central. Porque aún hoy todos
tienen conjeturas acerca del origen de la supuesta
fortuna oculta, y en los últimos años se escribió más
de un libro inspirado en el caso (“Detectives en el
Cementerio Central” de Helen Velando y “El Cementerio
Central y el tesoro de las hermanas Masilotti: 1era.
excavación” de Tania Curiel). Y porque los uruguayos
no estaban preparados para que una ciudad tan apacible
como el Montevideo de los ’50 se viera convulsionada
por picos y palas.
Bajo las baldosas negras y blancas. “En las últimas
horas de ayer corrió como reguero de pólvora por
Montevideo la noticia”, anunciaba “El Diario” en su
edición del viernes 18 de mayo de 1951. Ya hacía unos
días que se había divulgado la primicia de que una
mujer estadounidense había llegado a la ciudad en
busca de un tesoro que estaría enterrado en un predio
municipal de la Ciudad Vieja. El primer día que Clara
Masilotti, una genovesa radicada en Los Angeles,
visitó el lugar con autoridades municipales, llevó un
papelito –presuntamente un mapa- que escondió
celosamente en su bolsillo, “como si temiera que se lo
pudieran sacar”, observaba la prensa.
Marchó directamente al Panteón Nacional y una vez
dentro, señaló “el punto exacto” donde estaba el
tesoro. Las excavaciones, sin embargo, se harían desde
afuera para no poner en peligro la construcción que
hoy alberga las urnas de Delmira Agustini, Pedro
Figari, Francisco Acuña de Figueroa o Juan Zorrilla de
San Martín. El día que comenzó la búsqueda, el lunes
21 de mayo, ya aparecía un aviso publicitario con
enormes letras que anunciaba “Se encontró el tesoro...
el que usa camisas de Benhayou & Yavarone”.
En las fotografías de la prensa se puede ver a Clara
Masilotti –“saco bastante usado de color ocre, zapatos
sin tacón, una media agujereada a la altura de la
pantorrilla izquierda”, según el diario “Acción”- y a
varias autoridades policiales y municipales,
incluyendo el entonces intendente, agrimensor Germán
Barbato. A las 8.35 horas de ese día, el contratista
de la excavación, Héctor Volpe, dio el primer
martillazo rompiendo las baldosas blancas y negras que
rodean al panteón. La búsqueda del tesoro había
comenzado.
El pueblo quiere tesoro. Las crónicas de la época
relatan que, desde el primer día de excavaciones, la
afluencia de público fue tal que asustaba a las
autoridades. Sin distinción de edad o género, los
curiosos se agolpaban en el área cercana a la rotonda
–al lado de la cual se llevaba adelante la excavación-
pisoteando panteones en su afán de no perder un solo
detalle y acaso estar presentes en el momento en que
se desenterrara el tesoro, algo que se tomaba como un
hecho.
El martes 22, después de las 19 horas, ya no fue
posible cerrar los portones del cementerio porque no
había manera de hacer salir a las masas de personas
que se habían dado cita en el lugar. A tal punto
llegaron las cosas que uno de los espectadores, un
muchachito de 24 años, rompió la loza sobre la que
estaba sentado y cayó dentro de una tumba. Estos
incidentes determinaron que se tomara la medida de
cerrar las puertas de la necrópolis durante la
búsqueda. “Hoy el público perdió la ‘platea’ y lo
mandaron al ‘talud’”, afirmaba el diario “Acción”.
“Algunos ya en edad liceal se lamentaban de esta
manera sencilla: ‘…Tres días de rabona y no nos dejan
entrar’”.
Curiosamente, la medida no hizo que mermara la
curiosidad impaciente del público; a pesar de la
prohibición de entrar, la gente se seguía agolpando en
la puerta. “Las personas entusiasmadas, aplaudían,
hacía cualquier cosa. Fueron coraceros y guardias para
contener. La gente quería meterse a mirar, tanto que
se pasó a trabajar de noche en cierto momento”,
recordó Manfredo Cikato. “Todo el mundo era hincha de
las Masilotti”. En el diario “Acción”, por ejemplo, se
hizo una “encuesta” con las opiniones del público
acerca de si la fortuna existía o no: “¡No van a venir
de Norteamérica por gusto!”, opinaba un joven
consultado.
El tesoro del ex cardenal ya era lo único de lo que
hablaban los montevideanos. Ni la crisis en Corea, ni
el aumento del boleto, para el que se estaba
organizando un referéndum, ni el estreno de “La soga”
de Alfred Hitchcok interesaban demasiado al público,
por lo menos no al punto de la distracción.
Eso motivó a algunos a tomar cartas en el asunto. Uno
de los personajes mas curiosos que apareció en las
excavaciones fue un radioestecista alemán llamado Kuno
Tessman, que ya había trabajado en Uruguay en la
búsqueda de agua y petróleo. Según la prensa, Tessman
tendría la capacidad de captar, mediante “aparatos
especiales”, la presencia de oro, plata, cobre,
estaño, hierro, petróleo o agua. En su primer informe,
el alemán aseguró haber percibido la existencia de
mucho oro mezclado con diamantes en el Cementerio.
Otro que hizo acto de presencia en las excavaciones
fue el actor Paquito Busto, quien se coló entre un
grupo de periodistas e hizo gala de sus dotes
histriónicos tomando una pala y fingiendo excavar,
hasta que un funcionario judicial “entendió que las
circunstancias no se prestaban para bromas”.
Parecería ser que la prensa no se daba por vencida y
que a pesar de que no hubiera sobre lo qué informar,
siempre encontraba una nueva arista. Por ejemplo, al
cuarto día de excavaciones se apareció en la redacción
de “El Diario” un hombre con una vieja llave en la que
los periodistas encontraron “un extraño dibujo que se
parece notablemente a nuestro Cementerio Central”,
identificando “con precisión el atrio de entrada a la
necrópolis, la rotonda del Panteón Nacional y las
avenidas interiores”. El diseño consistía en una
líneas diagonales y curvas que formaban una trama
simétrica.
Y el caso también despertó interés fuera de fronteras.
Por ejemplo, el padre Amándola, vinculado con la
búqueda de petróleo en Uruguay, envió un telegrama
desde Argentina afirmando: “Tesoro regular
importancia. Contiene planos manuscritos, discretos
caudales. Hállase izquierda actual excavación”.
Un norteamericano, por otra parte, le ofreció 50 mil
dólares a Clara Masilotti por los derechos sobre el
tesoro, un peruano se puso a las órdenes como
radioestecista y un ingeniero estadounidense que vivía
en Río de Janeiro ofreció su pericia a la causa. Clara
recibió una gran cantidad de cartas del público, no
sólo de distintos puntos de Uruguay sino también desde
Buenos Aires, incluyendo una misiva de una mujer pobre
de La Unión que tenía a cargo a varios niños y le
preguntaba si podía comprarle una casa con parte de
las riquezas.
Un cardenal, un guerrero y un Papa. “No estamos
seguros si no habrá un poco de novela en el relato que
haremos”, se disculpó el cronista de “El Diario” ante
sus lectores antes de explicar el origen del mentado
tesoro. No era para menos. Masilotti declaró que su
padre había viajado a Montevideo en dos ocasiones en
busca de la fortuna, pero fracasó en ambas. La primera
vez fue a los 19 años, en 1874, y fue espantado por la
crisis política del gobierno de José Ellauri. La
segunda fue en 1904, durante la guerra civil. En esa
ocasión, fue baleado, y ni bien se recuperó, regresó a
las corridas a su país, sin el tesoro pero por lo
menos con el plano actualizado; el cementerio había
sufrido varias transformaciones desde el supuesto
entierro de la fortuna.
Supuestamente, quien tenía los datos acerca de la
ubicación exacta de las riquezas era el abuelo de la
ítalo-norteamericana. Ahí empezaban las conjeturas.
Primero se dijo que un cardenal excomulgado habría
reunido la fortuna recorriendo iglesias y falsamente
solicitando apoyo para el Vaticano. El hombre habría
llegado a Montevideo justo antes de la Guerra Grande y
se habría alistado en la Legión Italiana comandada por
Garibaldi, que luchaba junto con el Gobierno de la
Defensa. “Como se ve, hay en el episodio abundante
material para una melodramática novela, cuyo argumento
hubieran podido desarrollar con inenarrable patetismo
Hugo, Balzac o Sthendal”, observó un cronista de la
época.
Otros afirmaban que se trataba de los fondos que
Garibaldi habría llevado para financiar su ejército, y
que el antepasado de la Masilotti no sería un cardenal
sino un custodio de la fortuna del guerrero italiano.
Inmediatamente se constató que ningún hombre de
apellido Masilotti había luchado con Garibaldi y poco
después se informó que el Vaticano había negado la
existencia de un cardenal de apellido “Mazzilotti” (en
1951, la prensa lo redactaba incorrectamente de esa
forma) o similar. Además, sería lógico pensar que si
Garibaldi hubiese sido el dueño de la fortuna, se la
hubiera llevado consigo cuando regresó al Viejo Mundo.
Pero el público y la prensa hacía caso omiso a esos
detalles. “Se ha establecido también y esto en forma
concreta, que el abuelo de la denunciante no realizó
el trabajo solo, sino que lo hizo con la ayuda de un
amigo, también poseedor del secreto, pero ésta
persona, que murió muchos años después de terminarse
la rotonda, en Montevideo, donde quedó radicado, no
tuvo jamás la oportunidad de rescatar el tesoro
escondido”, certifica “El Diario”.
Después de establecer esto “en forma concreta”, se
dijo que la fortuna en realidad podría pertenecer a la
secta carbonaria, una sociedad secreta surgida a fines
del siglo XVIII que se extendió por Italia y Francia.
Eran enemigos declarados de la Iglesia Católica por lo
que debieron escapar de Italia. “Muchos de ellos eran
los poseedores de las fortunas que acumulaban las
sociedades para su lucha y ese es el origen que se le
da hoy al tesoro reclamado por Clara Mazzilotti”,
estimó la prensa.
Las teorías no tenían límites. Por ejemplo, en
diciembre de 1956, el diario “Acción” citó un artículo
de El País que involucraba al Papa Pío IX en el origen
del tesoro. Según esta versión, el entonces Juan María
de Mastai-Ferreti, que vino a Uruguay en 1824, habría
tenido un amorío con una joven uruguaya del que nació
un niño, el abuelo de las Masilotti. Luego, regresó a
Europa y décadas mas tarde fue ungido como el Papa Pío
IX. No habría perdido contacto con su hijo y para
asegurar su bienestar envío un tesoro, que éste ocultó
en el Cementerio Central. Es decir, según esta
hipótesis, las Masilotti serían bisnietas de un papa.
Una tana de armas tomar. Si lo que cuenta es cierto,
Clara sería una niña pequeña cuando el señor Masilotti
regresó de su segundo viaje a Montevideo recién
recuperado del balazo. Desde entonces, la joven
coqueteaba constantemente con la idea de venir
personalmente a buscar el tesoro, pero su padre de lo
impedía una y otra vez.
Finalmente, el hombre murió en 1938, y desde ahí,
Clara no dejó de pensar por un instante en ese cofre
lleno de riquezas que la reclamaban en el Río de la
Plata. A partir de 1939 dedicó todas sus energías a
planificar un viaje a Montevideo, tarea que le insumió
años en parte por la guerra y en parte porque no era
una mujer de fortuna, según la prensa de la época.
Fue en diciembre de 1950 que pisó tierra oriental por
primera vez. En los cinco meses que le llevó desde que
selló su pasaporte en Carrasco hasta que Volpe rompió
las baldosas blancas y negras el 21 de mayo de 1951,
visitó todos los días el Cementerio Central, “con los
planos en la mano y los recuerdos de los detalles que
le transmitiera su padre”, relatana “El Diario”.
“Midió pasos aquí y allá, consultó todas las
referencias posibles y finalmente ubicó el tesoro”.
Cuando el público entró en contacto con la noticia,
todos asumieron que si la Intendencia de Montevideo
había autorizado la excavación, sería porque la
historia que contaba la italiana tendría sólidas
bases; al principio parecería ser que nadie dudaba de
que la leyenda fuera verdadera. Pero lo cierto es que
Clara Masilotti se negaba sistemáticamente a dar
explicaciones a la Justicia o a quien las solicitara
de cuál era el origen del supuesto tesoro (o incluso
su ubicación exacta) tal vez por desconfianza o
posiblemente porque no lo sabía.
“Nunca habló mucho de sí. No era una persona abierta;
se encerraba en sí misma”, recordó Manfredo A. Cikato,
por aquel entonces un joven abogado de 24 años
trabajando en el estudio de Juan José de Amézaga,
abogado de Masilotti. El ex presidente no fue nunca a
las excavaciones y enviaba a Cikato como
representante. “Dije: ‘zas, en el cementerio, en la
que me meten’. Iba y me pasaba todo el día mirando
cómo hacían el agujerito. Desde el punto de vista
personal me servía porque era un abogado recién
recibido y salía en los diarios a cada rato”.
Cikato recordó que Amézaga tomó el caso porque
consideraba que Masilotti estaba en su derecho de
buscar el tesoro, y que aceptó sin pedir fundamentos
en cuanto a su existencia y ubicación exacta. Por
ejemplo, recién en una audiencia en el juzgado, la
italiana le dijo que el lugar donde se encontraba era
el Cementerio Central. Y cuando ya habían comenzado
las excavaciones, intimada por las autoridades,
presentó un muy rudimentario plano, reproducción del
que le habría hecho su padre, con los nombres de las
calles mal ubicados. Incluso, tomaba como referencia
una capilla que nunca existió. “La mujer no era sólida
en lo que decía”, opinó Cikato. “Tenía una convicción,
o más que convicción, tenía fé en el asunto. Era una
persona hosca, nunca se abrió a hablar y eso que yo la
seguía atendiendo siempre, pero si hablabas con ella,
era una visionaria en el sentido en que estaba
absolutamente convencida y creía que era verdad”,
recordó Cikato.
Seguramente, se trataba de una mujer muy vehemente. En
definitiva, obtuvo autorización para excavar en el
Central mas de una vez, consiguió siempre quien se
ofreciera como garantía, obtuvo apoyo popular en todo
momento a pesar de los detractores de que se hicieran
prospecciones en un cementerio, y contó con el
asesoramiento legal de un ex presidente de la
República sin pagar honorarios o hacer un acuerdo de
coparticipación en caso de que apareciera el tesoro.
“A mí me daba un poco de verguenza porque honestamente
no creía y me llamaba la atención que la hubieran
autorizado, especialmente cuando vi su referencia: el
plano. Fue lo único que presentó. No trajo ningún otro
elemento. Había unas referencias históricas de que ahí
había habido un tesoro, eso siempre se dijo”. Para
Cikato, la intervención de Amézaga en el caso hizo
creer que se trataba de algo sólido.
Como pan caliente. “La prensa estaba atrás nuestro y
atrás de las Masilotti”, recordó Abel Alvarez,
designado por el municipio capitalino como arquitecto
para controlar los trabajos en la segunda excavación
que llevaron adelante las hermanas Masilotti en 1956.
El tesoro tuvo desde un comienzo un fuerte poder de
seducción para el público. Y para los periodistas, se
convirtió en el caso, el tema que indefectiblemente
copaba la contratapa de los diarios y daba materia
prima a las editoriales. Los cronistas apostados en el
cementerio buscaban cada día mas datos que pudieran
interesar al público, y si no los encontraban,
entonces simplemente conjeturaban u opinaban. Todo
para mantener el interés en lo alto.
Por ejemplo, cuando la convicción de que el tesoro
existía y que sería hallado comenzó a mermar, “El
Diario” escribió: “Admitir desde ya que se ha
fracasado es simplemente poner de manifiesto que nunca
se tuvo fé en el asunto”. Si el público se
impacientaba porque los días pasaban sin noticias del
mentado tesoro, lo periodistas opinaban que el
pesimismo era prematuro: “Dentro de pocas horas se
sabrá si existe aún el tesoro –nadie duda ya de que
hubiera sido ocultado en el Cementerio Central- y cuál
fue el origen del mismo”, garantizaba.
Se le dedicaba un espacio considerable a las
conjeturas. Por ejemplo, como Masilotti podía señalar
el lugar exacto del cofre desde dentro del Panteón
Nacional, un periodista estimó que eso se debía a que
seguramente su padre lo habría “tocado con sus propias
manos” pero no lo había podido sacar para llevar a
Estados Unidos. Y dado que Masilotti habría escrito su
apellido de diversas formas, se opinaba que estaba
tratando de ocultar su verdadero nombre para proteger
la identidad del cardenal excomulgado. “Naturalmente
que ello le podría aparejar alguna complicación de
carácter jurídico administrativo, pero como se trata
de una persona que ha demostrado ser inteligente, no
debe descartarse la posibilidad de que todo eso lo
haya previsto”, comentaba un cronista.
Se atendían opiniones de desconocidos y celebridades
acerca de la existencia del tesoro, y se actualizó una
leyenda acerca de un viejo sepulturero del cementerio
que de la noche a la mañana renunció a su trabajo y
comenzó una vida ostentosa.
El más célebre de los periodistas que cubrió el caso
del tesoro de Masilotti fue el cronista policial
Humberto Dolce de “El Diario”. “Periodísticamente, el
caso lo inventó Dolce”, recordó su colega Nelson
Domínguez. “La gran primicia la tiene ‘El Diario’ de
la noche, que lo tomó como caballito de batalla y
vendía como pan caliente” (hacia 1951, el periódico
tenía un tiraje de más de 130.000 ejemplares). En
seguida, Dolce se hizo amigo de las Masilotti (hasta
se llegó a cartear con ellas cuando estaban en Estados
Unidos), quienes le deslizaban datos en exclusiva. “A
medida que empezó a salir la información, ‘El Diario’
se convirtió en el abanderado del tema, y por lógicas
razones las mujeres (Masilotti) le daban preferencia”,
agregó Domínguez.
Los periodistas iban a cualquier extremo con tal de
que el entusiasmo con el caso no se desinflara. En las
excavaciones de 1956, Dolce llegó a arrojar monedas
dentro de la excavación para que fueran descubiertas
por los obreros y se mantuviera la esperanza. “Fue un
escándalo aquello”, recordó Abel Alvarez acerca del
episodio. “Salieron corriendo para ‘El Diario’ de la
noche a publicar la noticia de que se había encontrado
una moneda del tesoro de las Masilotti”.
Rastros esquivos. Clara permanecía de la mañana hasta
la noche en el cementerio. Seguramente, conforme
pasaban los días, su nerviosismo crecía. Se había
embarcado en una empresa demasiado loca, había
conseguido el apoyo financiero de un comerciante
estadounidense y la autorización municipal para
excavar. Pero el tesoro no aparecía.
En la mañana del primer día de las excavaciones de
1951, el juez que entedía en el caso, Horacio Hughes,
intimó a Mazilotti a que mostrara algún plano, y
mientras ella sacaba a relucir el precario plano
dibujado a mano, los obreros gritaron: habían
encontrado un muro. Este sería el primero de una serie
de hallazgos que, a la postre, no significarían nada,
pero que durante las excavaciones le dieron largo
aliento a la ilusión de Masilotti, la cobertura de los
periodistas y el entusiasmo del público. “Ahora, no
tiene la menor duda de que el tesoro se encuentra allí
y espera únicamente que aparezca, lo que puede ser
cuestión de horas”, escribía Dolce sobre Clara.
Luego se encontrarían marcas en la pared de la rotonda
y los detectores del Ejército anunciarían la presencia
de metales. La muchedumbre enloquecía de anticipación.
En la tarde del miércoles 23 apareció una media
herradura, hallazgo que la prensa calificó de
“epidosio interesante”, y le siguieron un pequeño muro
y una especie de piso de ladrillo que podría ser el
techo del lugar donde se encontraría el tesoro. Pero
nada era lo que parecía ser.
Pronto aparecieron las voces escépticas. Si el tesoro
valía cuatro millones cuando fue enterrado (primero
fueron dos, después tres), debía ascender al cambio de
esos días a ocho millones; de representar esa suma en
monedas de oro y plata, por ejemplo, el baúl
alcanzaría las 155 toneladas de peso. Difícilmente
semejante equipaje hubiera pasado desapercibido en un
viaje desde Italia. Y también sería inverosímil pensar
que una o dos personas pudieron haber enterrado ese
motín en un cementerio sin llamar la atención.
La esperanza, sin embargo, era un acicate demasiado
fuerte. “Se encontró en un determinado momento -que se
hizo un revuelo bárbaro- un pedazo de mampostería que
tenía un arco como si fuese una bóveda. Entonces
empezaron a decir ‘ah, ah, estamos en la tumba,
estamos en la tumba’. Al final no tenía nada que ver”,
recordó Abel Alvarez.
A medida que pasaban los días y se hacía evidente que
el tesoro no iba a aparecer, se recogían versiones de
todo tipo y color: “Podría ser también, que el célebre
tesoro estuviera enterrado en Carmelo”, aseguró el
diario “El municipio” de esa ciudad.
La voz italiana de la tradición familiar. El sábado 2
de junio de 1951, se dieron por culminadas las
excavaciones. Un día después, los titulares de los
diarios ya hablaban de crímenes y asesinatos
policiales, y de las Masilotti, poca cosa. Pero Clara
no cejó en su intención de encontrar el tesoro. Se
pasó años en los tribunales y en el interín, llegó a
Uruguay dos veces su hermana Laura.
A fines de 1956, las hermanas retornaron al cementerio
y excavaron otra vez, nuevamente sin fortuna. Y en
1971 fue su último intento ya fuera de los muros del
cementerio. El tesoro nunca apareció. Hacia mediados
los años ‘50, las Masilotti habían gastado en la
quijotada 240 mil pesos oro según cálculos del diario
“Acción”.
“Nuestra búsqueda del tesoro”, dijo Laura Masilotti a
un periodista de ese periódico en 1956, “no la hacemos
exclusivamente por razones mercantiles. La hacemos por
romanticismo, por tradición y por herencia familiar”.
Estaba por comenzar su segundo intento de desenterrar
la fortuna que su abuelo les había prometido. Una foto
de Clara clavando un pico de más de cuatro quilos en
las baldosas del Cementerio Central ilustraba el
comienzo de nuevas excavaciones, nuevas esperanzas e
incredulidad. Como lo expresó poéticamente el cronista
de “Acción”: “Desde la lejanía y la distancia, venía
la voz ardiente, la voz italiana de la tradición
familiar. Esa voz no la escuchaba nadie, sino la Srta.
Masilotti”
|