El tesoro de las Masilotti

  A medio siglo de la llegada de las hermanas Masilotti en busca de un tesoro oculto en el Cementerio Central, su caso sigue siendo recordado como uno de los episodios mas curiosos que sacudieron al Montevideo de los años ‘50

Dos tanas, un tesoro y muchos titulares.
Cerca de la Navidad de 1950 llegó a Montevideo desde Hollywood una señora pequeñita y vehemente, con una misión digna de libreto de cine: desenterrar un tesoro en el Cementerio Central. Ni bien la prensa y la opinión pública de la época supieron de la historia, se convirtió en un hito, uno de esos relatos que forman parte de la ciudad, y del que todos tienen un recuerdo. El caso lo tenía todo -riqueza, misterio, morbo-, la mezcla de ingredientes necesaria para sacudir al pacato Uruguay de esos tiempos. Y lo logró. Centenares de personas apostadas en los alrededores de la necrópolis a toda hora, periodistas policiales siguiendo el caso como un personaje de Bob Fosse en “Chicago”, teorías conspirativas, visos mágicos y cuplés de murga fueron algunos de los coletazos de esta historia que empezó en abril de 1951, cuando la señora pequeñita y vehemente llamada Clara Claudia Masilotti pisó el aeropuerto de Carrasco.

Washington Inzúa es el capataz del Cementerio Central.
Hombre corpulento si los hay, lleva en el cuello una cadenita con una efigie de José Artigas. Conoce cada rincón del camposanto, cada obra de arte, cada célebre difunto. Cuando se detiene cerca del Panteón Nacional, señala al suelo. Allí, hay un rastro de una mecha utilizada para buscar un túnel, el pasadizo que llevaría al mas célebre tesoro que recuerden los uruguayos.
Joyas, documentos y lingotes de oro serían parte del motón en cuya búsqueda estaban emocionalmente comprometidos todos los uruguayos. La impactante riqueza estaría metida en un saco de cuero dentro de una urna o ánfora de tierra romana, depositada en el cimiento del muro desde el lado interior del Panteón Nacional.
“Es una historia viviente del cementerio”, dice con ironía acerca del caso de las Masilotti. El episodio está en la mente de los uruguayos porque sus titulares desplazaron debates políticos y conflictos internacionales durante semanas. Porque las hermanas Clara y Laura insistieron en su cruzada hasta la década de los ’70 (después del intento de Clara en 1951, volvieron a probar suerte en 1956 y 1971).
Porque apareció otra mujer, una uruguaya, reclamando el tesoro del Cementerio Central. Porque aún hoy todos tienen conjeturas acerca del origen de la supuesta fortuna oculta, y en los últimos años se escribió más de un libro inspirado en el caso (“Detectives en el Cementerio Central” de Helen Velando y “El Cementerio Central y el tesoro de las hermanas Masilotti: 1era. excavación” de Tania Curiel). Y porque los uruguayos no estaban preparados para que una ciudad tan apacible como el Montevideo de los ’50 se viera convulsionada por picos y palas.

Bajo las baldosas negras y blancas. “En las últimas horas de ayer corrió como reguero de pólvora por Montevideo la noticia”, anunciaba “El Diario” en su edición del viernes 18 de mayo de 1951. Ya hacía unos días que se había divulgado la primicia de que una mujer estadounidense había llegado a la ciudad en busca de un tesoro que estaría enterrado en un predio municipal de la Ciudad Vieja. El primer día que Clara Masilotti, una genovesa radicada en Los Angeles, visitó el lugar con autoridades municipales, llevó un papelito –presuntamente un mapa- que escondió celosamente en su bolsillo, “como si temiera que se lo pudieran sacar”, observaba la prensa. Marchó directamente al Panteón Nacional y una vez dentro, señaló “el punto exacto” donde estaba el tesoro. Las excavaciones, sin embargo, se harían desde afuera para no poner en peligro la construcción que hoy alberga las urnas de Delmira Agustini, Pedro Figari, Francisco Acuña de Figueroa o Juan Zorrilla de San Martín. El día que comenzó la búsqueda, el lunes 21 de mayo, ya aparecía un aviso publicitario con enormes letras que anunciaba “Se encontró el tesoro... el que usa camisas de Benhayou & Yavarone”.
En las fotografías de la prensa se puede ver a Clara Masilotti –“saco bastante usado de color ocre, zapatos sin tacón, una media agujereada a la altura de la pantorrilla izquierda”, según el diario “Acción”- y a varias autoridades policiales y municipales, incluyendo el entonces intendente, agrimensor Germán Barbato. A las 8.35 horas de ese día, el contratista de la excavación, Héctor Volpe, dio el primer martillazo rompiendo las baldosas blancas y negras que rodean al panteón. La búsqueda del tesoro había comenzado.

El pueblo quiere tesoro. Las crónicas de la época relatan que, desde el primer día de excavaciones, la afluencia de público fue tal que asustaba a las autoridades. Sin distinción de edad o género, los curiosos se agolpaban en el área cercana a la rotonda –al lado de la cual se llevaba adelante la excavación- pisoteando panteones en su afán de no perder un solo detalle y acaso estar presentes en el momento en que se desenterrara el tesoro, algo que se tomaba como un hecho. El martes 22, después de las 19 horas, ya no fue posible cerrar los portones del cementerio porque no había manera de hacer salir a las masas de personas que se habían dado cita en el lugar. A tal punto llegaron las cosas que uno de los espectadores, un muchachito de 24 años, rompió la loza sobre la que estaba sentado y cayó dentro de una tumba. Estos incidentes determinaron que se tomara la medida de cerrar las puertas de la necrópolis durante la búsqueda. “Hoy el público perdió la ‘platea’ y lo mandaron al ‘talud’”, afirmaba el diario “Acción”. “Algunos ya en edad liceal se lamentaban de esta manera sencilla: ‘…Tres días de rabona y no nos dejan entrar’”.
Curiosamente, la medida no hizo que mermara la curiosidad impaciente del público; a pesar de la prohibición de entrar, la gente se seguía agolpando en la puerta. “Las personas entusiasmadas, aplaudían, hacía cualquier cosa. Fueron coraceros y guardias para contener. La gente quería meterse a mirar, tanto que se pasó a trabajar de noche en cierto momento”, recordó Manfredo Cikato. “Todo el mundo era hincha de las Masilotti”. En el diario “Acción”, por ejemplo, se hizo una “encuesta” con las opiniones del público acerca de si la fortuna existía o no: “¡No van a venir de Norteamérica por gusto!”, opinaba un joven consultado.
El tesoro del ex cardenal ya era lo único de lo que hablaban los montevideanos. Ni la crisis en Corea, ni el aumento del boleto, para el que se estaba organizando un referéndum, ni el estreno de “La soga” de Alfred Hitchcok interesaban demasiado al público, por lo menos no al punto de la distracción.
Eso motivó a algunos a tomar cartas en el asunto. Uno de los personajes mas curiosos que apareció en las excavaciones fue un radioestecista alemán llamado Kuno Tessman, que ya había trabajado en Uruguay en la búsqueda de agua y petróleo. Según la prensa, Tessman tendría la capacidad de captar, mediante “aparatos especiales”, la presencia de oro, plata, cobre, estaño, hierro, petróleo o agua. En su primer informe, el alemán aseguró haber percibido la existencia de mucho oro mezclado con diamantes en el Cementerio.
Otro que hizo acto de presencia en las excavaciones fue el actor Paquito Busto, quien se coló entre un grupo de periodistas e hizo gala de sus dotes histriónicos tomando una pala y fingiendo excavar, hasta que un funcionario judicial “entendió que las circunstancias no se prestaban para bromas”.
Parecería ser que la prensa no se daba por vencida y que a pesar de que no hubiera sobre lo qué informar, siempre encontraba una nueva arista. Por ejemplo, al cuarto día de excavaciones se apareció en la redacción de “El Diario” un hombre con una vieja llave en la que los periodistas encontraron “un extraño dibujo que se parece notablemente a nuestro Cementerio Central”, identificando “con precisión el atrio de entrada a la necrópolis, la rotonda del Panteón Nacional y las avenidas interiores”. El diseño consistía en una líneas diagonales y curvas que formaban una trama simétrica.
Y el caso también despertó interés fuera de fronteras.
Por ejemplo, el padre Amándola, vinculado con la búqueda de petróleo en Uruguay, envió un telegrama desde Argentina afirmando: “Tesoro regular importancia. Contiene planos manuscritos, discretos caudales. Hállase izquierda actual excavación”.
Un norteamericano, por otra parte, le ofreció 50 mil dólares a Clara Masilotti por los derechos sobre el tesoro, un peruano se puso a las órdenes como radioestecista y un ingeniero estadounidense que vivía en Río de Janeiro ofreció su pericia a la causa. Clara recibió una gran cantidad de cartas del público, no sólo de distintos puntos de Uruguay sino también desde Buenos Aires, incluyendo una misiva de una mujer pobre de La Unión que tenía a cargo a varios niños y le preguntaba si podía comprarle una casa con parte de las riquezas.

Un cardenal, un guerrero y un Papa. “No estamos seguros si no habrá un poco de novela en el relato que haremos”, se disculpó el cronista de “El Diario” ante sus lectores antes de explicar el origen del mentado tesoro. No era para menos. Masilotti declaró que su padre había viajado a Montevideo en dos ocasiones en busca de la fortuna, pero fracasó en ambas. La primera vez fue a los 19 años, en 1874, y fue espantado por la crisis política del gobierno de José Ellauri. La segunda fue en 1904, durante la guerra civil. En esa ocasión, fue baleado, y ni bien se recuperó, regresó a las corridas a su país, sin el tesoro pero por lo menos con el plano actualizado; el cementerio había sufrido varias transformaciones desde el supuesto entierro de la fortuna.
Supuestamente, quien tenía los datos acerca de la ubicación exacta de las riquezas era el abuelo de la ítalo-norteamericana. Ahí empezaban las conjeturas.
Primero se dijo que un cardenal excomulgado habría reunido la fortuna recorriendo iglesias y falsamente solicitando apoyo para el Vaticano. El hombre habría llegado a Montevideo justo antes de la Guerra Grande y se habría alistado en la Legión Italiana comandada por Garibaldi, que luchaba junto con el Gobierno de la Defensa. “Como se ve, hay en el episodio abundante material para una melodramática novela, cuyo argumento hubieran podido desarrollar con inenarrable patetismo Hugo, Balzac o Sthendal”, observó un cronista de la época.
Otros afirmaban que se trataba de los fondos que Garibaldi habría llevado para financiar su ejército, y que el antepasado de la Masilotti no sería un cardenal sino un custodio de la fortuna del guerrero italiano.
Inmediatamente se constató que ningún hombre de apellido Masilotti había luchado con Garibaldi y poco después se informó que el Vaticano había negado la existencia de un cardenal de apellido “Mazzilotti” (en 1951, la prensa lo redactaba incorrectamente de esa forma) o similar. Además, sería lógico pensar que si Garibaldi hubiese sido el dueño de la fortuna, se la hubiera llevado consigo cuando regresó al Viejo Mundo.
Pero el público y la prensa hacía caso omiso a esos detalles. “Se ha establecido también y esto en forma concreta, que el abuelo de la denunciante no realizó el trabajo solo, sino que lo hizo con la ayuda de un amigo, también poseedor del secreto, pero ésta persona, que murió muchos años después de terminarse la rotonda, en Montevideo, donde quedó radicado, no tuvo jamás la oportunidad de rescatar el tesoro escondido”, certifica “El Diario”.
Después de establecer esto “en forma concreta”, se dijo que la fortuna en realidad podría pertenecer a la secta carbonaria, una sociedad secreta surgida a fines del siglo XVIII que se extendió por Italia y Francia.
Eran enemigos declarados de la Iglesia Católica por lo que debieron escapar de Italia. “Muchos de ellos eran los poseedores de las fortunas que acumulaban las sociedades para su lucha y ese es el origen que se le da hoy al tesoro reclamado por Clara Mazzilotti”, estimó la prensa.
Las teorías no tenían límites. Por ejemplo, en diciembre de 1956, el diario “Acción” citó un artículo de El País que involucraba al Papa Pío IX en el origen del tesoro. Según esta versión, el entonces Juan María de Mastai-Ferreti, que vino a Uruguay en 1824, habría tenido un amorío con una joven uruguaya del que nació un niño, el abuelo de las Masilotti. Luego, regresó a Europa y décadas mas tarde fue ungido como el Papa Pío IX. No habría perdido contacto con su hijo y para asegurar su bienestar envío un tesoro, que éste ocultó en el Cementerio Central. Es decir, según esta hipótesis, las Masilotti serían bisnietas de un papa.

Una tana de armas tomar. Si lo que cuenta es cierto, Clara sería una niña pequeña cuando el señor Masilotti regresó de su segundo viaje a Montevideo recién recuperado del balazo. Desde entonces, la joven coqueteaba constantemente con la idea de venir personalmente a buscar el tesoro, pero su padre de lo impedía una y otra vez.
Finalmente, el hombre murió en 1938, y desde ahí, Clara no dejó de pensar por un instante en ese cofre lleno de riquezas que la reclamaban en el Río de la Plata. A partir de 1939 dedicó todas sus energías a planificar un viaje a Montevideo, tarea que le insumió años en parte por la guerra y en parte porque no era una mujer de fortuna, según la prensa de la época. Fue en diciembre de 1950 que pisó tierra oriental por primera vez. En los cinco meses que le llevó desde que selló su pasaporte en Carrasco hasta que Volpe rompió las baldosas blancas y negras el 21 de mayo de 1951, visitó todos los días el Cementerio Central, “con los planos en la mano y los recuerdos de los detalles que le transmitiera su padre”, relatana “El Diario”.

“Midió pasos aquí y allá, consultó todas las referencias posibles y finalmente ubicó el tesoro”.
Cuando el público entró en contacto con la noticia, todos asumieron que si la Intendencia de Montevideo había autorizado la excavación, sería porque la historia que contaba la italiana tendría sólidas bases; al principio parecería ser que nadie dudaba de que la leyenda fuera verdadera. Pero lo cierto es que Clara Masilotti se negaba sistemáticamente a dar explicaciones a la Justicia o a quien las solicitara de cuál era el origen del supuesto tesoro (o incluso su ubicación exacta) tal vez por desconfianza o posiblemente porque no lo sabía.
“Nunca habló mucho de sí. No era una persona abierta; se encerraba en sí misma”, recordó Manfredo A. Cikato, por aquel entonces un joven abogado de 24 años trabajando en el estudio de Juan José de Amézaga, abogado de Masilotti. El ex presidente no fue nunca a las excavaciones y enviaba a Cikato como representante. “Dije: ‘zas, en el cementerio, en la que me meten’. Iba y me pasaba todo el día mirando cómo hacían el agujerito. Desde el punto de vista personal me servía porque era un abogado recién recibido y salía en los diarios a cada rato”.
Cikato recordó que Amézaga tomó el caso porque consideraba que Masilotti estaba en su derecho de buscar el tesoro, y que aceptó sin pedir fundamentos en cuanto a su existencia y ubicación exacta. Por ejemplo, recién en una audiencia en el juzgado, la italiana le dijo que el lugar donde se encontraba era el Cementerio Central. Y cuando ya habían comenzado las excavaciones, intimada por las autoridades, presentó un muy rudimentario plano, reproducción del que le habría hecho su padre, con los nombres de las calles mal ubicados. Incluso, tomaba como referencia una capilla que nunca existió. “La mujer no era sólida en lo que decía”, opinó Cikato. “Tenía una convicción, o más que convicción, tenía fé en el asunto. Era una persona hosca, nunca se abrió a hablar y eso que yo la seguía atendiendo siempre, pero si hablabas con ella, era una visionaria en el sentido en que estaba absolutamente convencida y creía que era verdad”, recordó Cikato.

Seguramente, se trataba de una mujer muy vehemente. En definitiva, obtuvo autorización para excavar en el Central mas de una vez, consiguió siempre quien se ofreciera como garantía, obtuvo apoyo popular en todo momento a pesar de los detractores de que se hicieran prospecciones en un cementerio, y contó con el asesoramiento legal de un ex presidente de la República sin pagar honorarios o hacer un acuerdo de coparticipación en caso de que apareciera el tesoro.
“A mí me daba un poco de verguenza porque honestamente no creía y me llamaba la atención que la hubieran autorizado, especialmente cuando vi su referencia: el plano. Fue lo único que presentó. No trajo ningún otro elemento. Había unas referencias históricas de que ahí había habido un tesoro, eso siempre se dijo”. Para Cikato, la intervención de Amézaga en el caso hizo creer que se trataba de algo sólido.

Como pan caliente. “La prensa estaba atrás nuestro y atrás de las Masilotti”, recordó Abel Alvarez, designado por el municipio capitalino como arquitecto para controlar los trabajos en la segunda excavación que llevaron adelante las hermanas Masilotti en 1956.
El tesoro tuvo desde un comienzo un fuerte poder de seducción para el público. Y para los periodistas, se convirtió en el caso, el tema que indefectiblemente copaba la contratapa de los diarios y daba materia prima a las editoriales. Los cronistas apostados en el cementerio buscaban cada día mas datos que pudieran interesar al público, y si no los encontraban, entonces simplemente conjeturaban u opinaban. Todo para mantener el interés en lo alto.
Por ejemplo, cuando la convicción de que el tesoro existía y que sería hallado comenzó a mermar, “El Diario” escribió: “Admitir desde ya que se ha fracasado es simplemente poner de manifiesto que nunca se tuvo fé en el asunto”. Si el público se impacientaba porque los días pasaban sin noticias del mentado tesoro, lo periodistas opinaban que el pesimismo era prematuro: “Dentro de pocas horas se sabrá si existe aún el tesoro –nadie duda ya de que hubiera sido ocultado en el Cementerio Central- y cuál fue el origen del mismo”, garantizaba.
Se le dedicaba un espacio considerable a las conjeturas. Por ejemplo, como Masilotti podía señalar el lugar exacto del cofre desde dentro del Panteón Nacional, un periodista estimó que eso se debía a que seguramente su padre lo habría “tocado con sus propias manos” pero no lo había podido sacar para llevar a Estados Unidos. Y dado que Masilotti habría escrito su apellido de diversas formas, se opinaba que estaba tratando de ocultar su verdadero nombre para proteger la identidad del cardenal excomulgado. “Naturalmente que ello le podría aparejar alguna complicación de carácter jurídico administrativo, pero como se trata de una persona que ha demostrado ser inteligente, no debe descartarse la posibilidad de que todo eso lo haya previsto”, comentaba un cronista.

Se atendían opiniones de desconocidos y celebridades acerca de la existencia del tesoro, y se actualizó una leyenda acerca de un viejo sepulturero del cementerio que de la noche a la mañana renunció a su trabajo y comenzó una vida ostentosa.
El más célebre de los periodistas que cubrió el caso del tesoro de Masilotti fue el cronista policial Humberto Dolce de “El Diario”. “Periodísticamente, el caso lo inventó Dolce”, recordó su colega Nelson Domínguez. “La gran primicia la tiene ‘El Diario’ de la noche, que lo tomó como caballito de batalla y vendía como pan caliente” (hacia 1951, el periódico tenía un tiraje de más de 130.000 ejemplares). En seguida, Dolce se hizo amigo de las Masilotti (hasta se llegó a cartear con ellas cuando estaban en Estados Unidos), quienes le deslizaban datos en exclusiva. “A medida que empezó a salir la información, ‘El Diario’ se convirtió en el abanderado del tema, y por lógicas razones las mujeres (Masilotti) le daban preferencia”, agregó Domínguez.
Los periodistas iban a cualquier extremo con tal de que el entusiasmo con el caso no se desinflara. En las excavaciones de 1956, Dolce llegó a arrojar monedas dentro de la excavación para que fueran descubiertas por los obreros y se mantuviera la esperanza. “Fue un escándalo aquello”, recordó Abel Alvarez acerca del episodio. “Salieron corriendo para ‘El Diario’ de la noche a publicar la noticia de que se había encontrado una moneda del tesoro de las Masilotti”.

Rastros esquivos. Clara permanecía de la mañana hasta la noche en el cementerio. Seguramente, conforme pasaban los días, su nerviosismo crecía. Se había embarcado en una empresa demasiado loca, había conseguido el apoyo financiero de un comerciante estadounidense y la autorización municipal para excavar. Pero el tesoro no aparecía.
En la mañana del primer día de las excavaciones de 1951, el juez que entedía en el caso, Horacio Hughes, intimó a Mazilotti a que mostrara algún plano, y mientras ella sacaba a relucir el precario plano dibujado a mano, los obreros gritaron: habían encontrado un muro. Este sería el primero de una serie de hallazgos que, a la postre, no significarían nada, pero que durante las excavaciones le dieron largo aliento a la ilusión de Masilotti, la cobertura de los periodistas y el entusiasmo del público. “Ahora, no tiene la menor duda de que el tesoro se encuentra allí y espera únicamente que aparezca, lo que puede ser cuestión de horas”, escribía Dolce sobre Clara.
Luego se encontrarían marcas en la pared de la rotonda y los detectores del Ejército anunciarían la presencia de metales. La muchedumbre enloquecía de anticipación.
En la tarde del miércoles 23 apareció una media herradura, hallazgo que la prensa calificó de “epidosio interesante”, y le siguieron un pequeño muro y una especie de piso de ladrillo que podría ser el techo del lugar donde se encontraría el tesoro. Pero nada era lo que parecía ser.

Pronto aparecieron las voces escépticas. Si el tesoro valía cuatro millones cuando fue enterrado (primero fueron dos, después tres), debía ascender al cambio de esos días a ocho millones; de representar esa suma en monedas de oro y plata, por ejemplo, el baúl alcanzaría las 155 toneladas de peso. Difícilmente semejante equipaje hubiera pasado desapercibido en un viaje desde Italia. Y también sería inverosímil pensar que una o dos personas pudieron haber enterrado ese motín en un cementerio sin llamar la atención.
La esperanza, sin embargo, era un acicate demasiado fuerte. “Se encontró en un determinado momento -que se hizo un revuelo bárbaro- un pedazo de mampostería que tenía un arco como si fuese una bóveda. Entonces empezaron a decir ‘ah, ah, estamos en la tumba, estamos en la tumba’. Al final no tenía nada que ver”, recordó Abel Alvarez.

A medida que pasaban los días y se hacía evidente que el tesoro no iba a aparecer, se recogían versiones de todo tipo y color: “Podría ser también, que el célebre tesoro estuviera enterrado en Carmelo”, aseguró el diario “El municipio” de esa ciudad.

La voz italiana de la tradición familiar. El sábado 2 de junio de 1951, se dieron por culminadas las excavaciones. Un día después, los titulares de los diarios ya hablaban de crímenes y asesinatos policiales, y de las Masilotti, poca cosa. Pero Clara no cejó en su intención de encontrar el tesoro. Se pasó años en los tribunales y en el interín, llegó a Uruguay dos veces su hermana Laura.
A fines de 1956, las hermanas retornaron al cementerio y excavaron otra vez, nuevamente sin fortuna. Y en 1971 fue su último intento ya fuera de los muros del cementerio. El tesoro nunca apareció. Hacia mediados los años ‘50, las Masilotti habían gastado en la quijotada 240 mil pesos oro según cálculos del diario “Acción”.
“Nuestra búsqueda del tesoro”, dijo Laura Masilotti a un periodista de ese periódico en 1956, “no la hacemos exclusivamente por razones mercantiles. La hacemos por romanticismo, por tradición y por herencia familiar”.
Estaba por comenzar su segundo intento de desenterrar la fortuna que su abuelo les había prometido. Una foto de Clara clavando un pico de más de cuatro quilos en las baldosas del Cementerio Central ilustraba el comienzo de nuevas excavaciones, nuevas esperanzas e incredulidad. Como lo expresó poéticamente el cronista de “Acción”: “Desde la lejanía y la distancia, venía la voz ardiente, la voz italiana de la tradición familiar. Esa voz no la escuchaba nadie, sino la Srta. Masilotti”