EL OMNIBUS INGLES

  Nada resume mejor la larga y en general gloriosa presencia de los británicos en Uruguay que aquellos titanes del sistema de transporte, los autobuses Leyland, en particular los que usaba CUTCSA en el área del Gran Montevideo.
Aunque han llegado a representar lo mejor de la ingeniería británica también se han convertido en una leyenda y, en los últimos años, ha surgido un curioso sentimentalismo en torno al "ómnibus inglés".

Aunque tienden a ser reemplazados por los modernos Volvo y Mercedes, los viejos Leyland han seguido atronando por 18 de Julio a la ida y por San José de vuelta, con el característico rugido de sus motores. Los modelos antiguos de los años 40 y 50 casi han desaparecido pero todavía se pueden encontrar muchos en los varios cementerios de autobuses que hay por los alrededores de la ciudad, y sin duda son objetos de colección.
Después de todo fueron ellos los que sustituyeron a los tranvías, menos flexibles, que proporcionaron a la ciudad su primer excelente sistema de transporte. Las vías de hierro de los tranvías todavía se observan en varios recorridos.

También se han terminado muchas otras cosas: el característico timbre de campanilla -un "ting" para ponerse en movimiento, dos para parar; el pedido del guarda de "pase atrás, por favor"; el ruido mecánico que hacían las puertas de los primeros modelos al abrirse, posteriormente reemplazado por el silbido de un brazo hidráulico; el familiar color gris de CUTCSA con una banda roja en el medio; las cortinas agitándose en el verano cuando las ventanas abiertas dejaban entrar un agradable aire fresco; las luces parpadeantes que les encanta tener a los guardas y choferes, y que a menudo indicaban una preferencia muy definida por Peñarol o Nacional, por no hablar de la estatuilla iluminada de la Virgen María o del Papa puesta junto al parabrisa. A veces había una foto del gallardo Carlos Gardel, luciendo el característico sombrero.
Estaban los vendedores de lotería, caramelos y otras golosinas, libros y diarios, que subían en una parada y recorrían el pasillo con la esperanza de hacer una venta en el tiempo de que disponían antes de bajarse en la siguiente -y a menudo la hacían. Y la escoba que ponían en la ventana trasera del ómnibus cuando éste sufría un desperfecto, como aviso para que lo adelantaran.

¿Cómo lograban los guardas doblar los gastados billetes con tanta precisión entre sus dedos, los de cien entre los dos primeros, los de mil entre los dos siguientes, los de cinco mil entre los siguientes, y así sucesivamente? Los delgados boletos de ómnibus eran cortados cuidadosamente de un rollo y de vez en cuando eran examinados por un inspector que con destreza cortaba la esquina del boleto para dejar constancia de que el boleto estaba revisado, y después sin inmutarse tiraba las esquinas cortadas por la ventana abierta más cercana, a las que se veía por última vez formando como una estela detrás del ómnibus. Hace veinte años el poderoso Leyland, con su tigre distintivo sobre el radiador, reinaba supremo.
Aquellos azules ómnibus eléctricos italianos poco sugestivos llegaron y se fueron, en tanto que los advenedizos alemanes y suecos fueron ocupando casi todos los recorridos. Pero no hay como el ómnibus inglés, sólido, fiable, de diseño quizás un poco serio para hoy en día, que siempre será "El Ómnibus Inglés".

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