os de
Montevideo, disputó con tres indios minuanos por cuestión de unos
caballos. En medio de la reyerta, el montevideano dió muerte a uno de
los indios. Los otros dos se retiraron furiosos, llevandose el cadaver
de su compañero. Pero regresaron mas tarde con trescientos indios mas,
quienes se dieron a actos de venganza y saqueos; mataron a veinte
peones, atropellaron contra varias estancias, entre otras nada menos que
las del Alcalde Provincial, el Alferez Real y el Alcalde de la Santa
Hermandad, que lo era el zaragozano Juan Antonio Artigas futuro abuelo
del Prócer de nuestra nación. Intervinieron los soldados de la
guarnición montevideana, y aquello fue el comienzo explosivo de la
guerra con que nuestra ciudad inauguró su después largo historial
bélico.
Pasaban los meses, el vecindario montevideano vivía atemorizado,
contabilizando sus muertos y sus destrozos; pero la guerra no cesaba.
Era palpable que ni siquiera con los refuerzos venidos de Buenos Aires
se podría doblegar a aquel pueblo indígena enfurecido y ducho en
combatir en escenarios que dominaba y conocía como la palma de su mano.
No se vió otro camino que buscar un avenimiento. Parece que hubo
tentativas de mediación por parte de un padre jesuita, habituado a
tratar con los indios en sus reducciones del Paraguay, y que se puso en
contacto con los minuanos. Pero también un vecino de aquellos campos,
respetado y bien visto por los naturales, debe haber servido de puente
conciliador: se llamaba Pascual de Chena, natural de Arica, establecido
con su estancia en el Rosario, a quien el Cabildo montevideano le envió
un chasque requiriéndole su intervención.
Faltaba ahora que la autoridad montevideana estableciera contacto
directo con la nación minuana. El único camino era enviar una embajada
hasta las tolderías mismas, y allí proponerles conversación. No era
fácil atreverse, como se comprende; quien llegara hasta los poblados
minuanos sabía que desafiaría los furores de todo un pueblo herido y
ávido de venganza. Sin embargo hubo quien se atrevió: nuevamente se
destaca el futuro abuelo de nuestro Prócer, por entonces de poco mas de
30 años, fundador de Montevideo como ya sabemos, y que por su labor de
cabildante gozaba de enorme predicamento en la novel comunidad
montevideana.
El propio Zabala, sin duda conocedor del paño, designó expresamente a
Artigas y no a otro, para cumplir tan arriesgada misión. Nuestro primer
Alcalde de la Santa Hermandad, cuyo cometido de cabildante era lidiar
con bandoleros y contrabandistas que campeaban en la vasta jurisdicción
montevideana, parecía realmente el mas indicado para realizar aquella
temeraria visita a la guarida de los salvajes en armas, y allí, en la
boca del lobo, parlamentar ...
Con un puñado de soldados marchó Juan Antonio Artigas. Por desgracia no
se conocen los pormenores de la peligrosa empresa: como tomó contacto
con los minuanos, como estos aceptaron llevarlo hasta sus tolderías,
como allí pasó quince días enteros de conversaciones árduas, y fue respetado ... Por lo visto, el abuelo de Artigas, aparte de cabildante y
guerrero ejemplar, era también un diplomático de primera agua, pues a
los quince días justos se lo vió retornar a Montevideo con todos sus
hombres y acompañado de los caciques minuanos Guitabuyabo y Usa, dos de
los mas prestigiosos y temidos por su bravura, que bajaron hasta el
poblado con la compañía de una escolta de treinta indigenas armados.
El grupo irrumpe, pues, en un Montevideo que contempla el paso de los
indígenas sin disimular su encono. Los vecinos pueden ahora observar de
cerca a sus enemigos: los gestos ceñudos, las