Los estornudos de Doña Narcisa.
  Se estornudaba entusiastamente en el Montevideo colonial como relata la crónica deliciosa de Isidoro de Maria. (ver abajo)
Es que estornudar era de muy buen tono, y estaba reservado a la gente de cierto copete, no a cualquiera.
El estornudante portaba consigo a todas partes un poco o un mucho de tabaco-rapé para ser aspirado con fruición, preferiblemente en sociedad donde los estornudos iban y venían.
Se llevaba el polvillo en cajas muy prolijamente trabajadas y ornamentadas, que por lo general eran de carey o de nácar, pero que en el caso de los mas pudientes llegaban a estar hechas de plata y oro, algunas cinceladas por orfebres prestigiosos.
No faltaron quienes, por darse ínfulas, usaban unos estuches que al levantarse la tapita, hacían oír un delicado pasaje musical ...

Era costumbre "convidar con una narigada a los amigos, como se convida con un cigarro.
Pero había aficionados que no se contentaban con tomar una narigada, sino tres o cuatro, y dele estornudos ..."
Como era inevitable, el vicio mundano del rapé acarreó concomitantemente la moda de los grandes pañuelos, indispensable ante aquellas cataratas lanzadas a troche y moche; y parece que se usaban unos pañuelos "soberanos" - adjetiva de Maria -, llamados enigmáticamente "de huevo revuelto con tomates", así como también otros a cuadros, azules, amarillos y colorados, que los elegantes exhibían en el bolsillo de la chaqueta o del pantalón de tres botones.

La costumbre colonial del rapé se prolongó hasta los tiempos de la Independencia, y aún después; y hubo entre nosotros estornudadores de fama y lustre.
Así, el español Vigodet, por mas Gobernador que fuese, no dejaba de mostrarse por las calles montevideanas aspirando el polvillo a la vista de todos.
Cuentan que lo extraía de una enorme caja de oro que iba a todas partes con él.
Y el porteño Alvear hurgaba a cada rato en sus bolsillos de chaleco y chaqueta para obtener el tabaco que en ellos llevaba suelto.
Se dice que no dejó de aspirarlo y estornudar mientras negociaba con los españoles la rendición de la Plaza.

Pero no solo los hombres eran afectos a estos estornudos mundanos.
También las señoras mayores, como una tal Doña Narcisa - que muy conocida debía ser en Montevideo porque de María la nombra sin mas señas - "a quien no le faltaba la cajita y el rosario en el bolsillo de su vestido de alepín o de zaraza"... y hasta podemos sospechar que las mas jóvenes también se dejarían arrastrar por la moda estornudatoria, aunque a escondidas y sofocando entre mil pañuelos el estruendo delator.

Este hábito del rape se afincó temprano entre nosotros: ya a los veinte años de nuestra fundación.
La primera remesa, en efecto, llegó por 1748, a instancias del Gobernador del Río de la Plata, don José Andonaegui.
Se encontraba este muy corto de recursos para continuar las obras de fortificación de nuestra plaza; y entonces se le ocurrió proponerle al Rey que enviase a estas tierras, cada dos años, una embarcación de 150 toneladas con 20.000 libras de tabaco en polvo, "laborado en Sevilla y Habana".

Se aceptó la proposición del gobernante en apuros, y a poco de llegada la primera remesa se estableció el estanco de tabaco en polvo en nuestra provincia.
Se llamó "La Tercena" a la casa del estanco. Ignora de María donde se estableció la primera que tuvimos, pero si asegura que a partir de 1790, "La Tercena" ocupó una gran casa en la calle de San Luis, entre las de San Fernando y San Juan (Cerrito entre Juan Carlos Gomez e Ituzaingó), "frente a la casa de Balbín y Vallejo".
Y hasta nos hace saber don Isidoro, que llegaban dos clases de tabaco-rape: uno de color amarillo claro y mas fino; el otro de color mas subido y conformación gruesa.
"Blanquillo y colorado" se les llamaba entonces, pero sin la menor alusión partidista, porque faltan todavía muchas décadas para la Carpinteria ...

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.


del "original" de Isidoro de Maria en el cual M. Schinca se inspiró.
El rape y La Tercena.
En los tiempos en que el "Don" no se daba a cualquiera, sino a las personas de alguna posición social aventajada, y en que el "nho" fulano era de uso comun en las clases inferiores, el "rapé" era un artículo de subido consumo en las provincias del Río de la Plata, y la de Montevideo entre ellas.

Como arbitrio para subvenir a las necesidades públicas, y particularmente para continuar las fortificaciones de esta plaza, propuso Andonaegui al Rey el envío de la Península de una embarcación de 150 toneladas cada dos años, con 20.000 libras de tabaco en polvo, laborado en Sevilla y Habana, propio para la afición de estas provincias, cuyo consumo se calculaba en 15.000 libras en la provincia de Buenos Aires, 11.500 en la de Tucumán, 12.000 en Montevideo y 500 en el Paraguay, anualmente.

Aceptada la proposición de Andonaegui, vino la primer remesa, y se estableció el estanco del tabaco en polvo, allá por el año 1748.
Dedúcese de esto, que había muchos polvillistas entonces en esta región. Llamábase la Tercena la casa del estanco del ramo.
En los primeros tiempos no podemos decir a punto fijo donde se estableció en esta ciudad, pero desde el año 90 y tantos, ocupó una gran casa en la calle de San Luis, entre las de San Fernando y San Juan, frente a la de Balbín y Vallejo, cuya casa era conocida por la Tercena (la misma que ocupó muy posteriormente la imprenta del Universal, el Colegio de Barboza y el Uruguayo, de la señora Aguilar de Acha).

El "tabaco-rapé" venía de dos clases: blanquillo y colorado.
El primero, de un color amarillo claro, era el mas fino, y el segundo el mas grueso.
Nuestros antepasados fueron muy afectos al polvillo.
Usaban cajas de carey, de nácar, de plata y de oro - algunas con música -, los pudientes, siendo costumbre convidar con una narigada a los amigos, como se convida con un cigarro.
Había aficionado que no se contentaba con tomar una narigada, sino tres o cuatro, y dele estornudos.
Y mano a aquellos soberanos panhuelos de "huevo revuelto con tomates", o de a cuadros azules, colorados y amarillos. que usaban muy planchados para descargar la nariz, llevándolos en la chaqueta o en el pantalón de "tres botones", o del sucesor del alzapón chico.

Es tradicional que el gobernador Vigodet, que en su sencillez fumaba por la calle - como los chicuelos del día, que no son Vigodet -, alternaba con un sorbo de tabaco de su gran caja de oro; como lo es también que el general Alvear lo llevaba a granel en los bolsillos del chaleco, dándoles diez rayas en los sorbos a los comisionados de Vigodet, que no lo hacían mal, tomándolos de sus cajas, cuando negociaban la capitulación de esta plaza el año 14 en la histórica capilla de Perez, con cuyo motivo decían los realistas "Republicano, al fin", parodiando acaso el dicho de la Carlota: "son de otra escuela", refiriéndose a los diputados del Cabildo, en ocasión de felicitar al Príncipe por el alumbramiento de su consorte la Princesa.

No eran solo los hombres que hacían gasto de rapé, - excelentes marchantes, como nuestro Figueroa, nuestro padrino Pozo, del que se expendía ahora 50 años en lo de Valle, Domenech y el baturrillo de Varela, en la Plaza, - sino también las señoras mayores, como nuestra buena Doña Narcisa, a quienes no le faltaba la cajita y el rosario en su vestido de alepín o zaraza.

"Montevideo Antiguo" de Isidoro de María.
Montevideo, 1887
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