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Militar y caudillo colorado, nació en 1808 y murió asesinado en 1868. Ocupó dos veces la presidencia: terminó el peri'odo de Giró gobernando entre 1854 y 1855 y, en 1865 y 1868, fue Gobernador Provisorio. Participó en la guerra de la Triple Alianza. En 1853, Venancio Flores, Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Riveraconstituyeron el Triunvirato. Gobierno provisorio creado al margen de la Constitución, integrado por Rivera fallecido antes de asumir, Lavalleja quien murio' en el Fuerte y Flores, quien quedo' dueño de la situación. El dia de los cuchillos largos. Por el Prof Blas Abel Mello Uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia patria, durante el siglo XIX, lo constituye sin duda, la serie de acontecimientos y circunstancias, que tienen como epicentro, la muerte del Gral. Venancio Flores. El Preludio
La revolucion denominada '´Cruzada Libertadora '´ que
comenzó en 1863 y contó con el apoyo de Brasil y Argentina, fue llamada así
por el emblema de la cruz que utilizó en sus estandartes, en alusión a la defensa de
los derechos de la Iglesia, presuntamente avasallados por el gobierno de Berro. Su gobierno si bien es de '´divisa '´, es decir, de total exclusivismo partidista colorado, está atemperado por el paternalismo caudillista de su principal figura. Lo ejercerá de 1865 a 1868 e inaugurará el predominio de ese partido por casi un siglo. La conducción de Flores no implica un dominio absoluto de la situación, puesto que: por un lado los blancos perseguidos, muchos emigrados, no están conformes y naturalmente sienten legítimo llevar a cabo una revolución. Por otro lado, dentro del propio partido de Flores, figuras como '´Goyo '´ Suárez y Caraballo, aspiran a ocupar lugares de preminencia, sustituyendo u opacando al caudillo, entendiéndose con los llamados '´conservadores '´, rivales del mismo. Asimismo los hijos de Flores, Eduardo y Fortunato protagonizaron una serie de incidentes que conmocionaron a la opinión pública, llegando incluso a levantarse en armas, para obligarlo a permanecer en el gobierno cuando estaba dispuesto a abandonarlo. Los blancos no concurren a las elecciones de noviembre de 1867, porque legítimamente entienden que no ofrecen garantías. La abstención electoral es preludio de la revolución. Como resultado de dicha elección, las cámaras se instalaron el 15 de febrero de 1868, y Flores entrega el gobierno a Pedro Varela, presidente del Senado, su elegido para sucederle, quien sin duda debía ser electo Presidente, gracias a su influencia. Tiempos de quiebra, cólera y revolución El mes de febrero se presenta particularmente caluroso. No sólo el calor oprimía a Montevideo de aquella época: había estallado una epidemia de cólera, que hacía estragos en la población y se hacían sentir los efectos originados en la quiebra de la casa londinense Overend Gurnet y CIA el '´viernes negro '´ de mayo de 1866, en clara demostración de nuestra dependencia e inserción en las mallas del capitalismo mundial, como símbolo de comienzo de nuestra '´modernización '´. La revolución de los blancos, debía estallar el 15 de febrero. El jefe de la misma, tal vez el menos adecuado, era el ex presidente constitucional Don Bernardo Prudencio Berro, contra cuyo gobierno y los complementarios de Aguirre y Villalba se había levantado Flores. Berro, un idealista de notables concepciones, en cuanto a la organización del país, debío renunciar a su antigua postura '´fusionista '´ y revalorizar, la tradición '´blanca '´ para llevar a cabo la revolución, cuyas acciones fundamentales debían efectuarse en Montevideo, puesto que los hombres de esa parcialidad que podían llevarlas a cabo en la campaña, se encontraban en parte emigrados. La revolución postergada El 15 la revolución no estalló. Se dice que el propio Flores tuvo una entrevista con Berro, donde le advirtió que la única garantía que tenía el último de subsistir, era la propia integridad física del primero. Sin embargo, Don Bernardo no cejó en el empeño. Incluso se lo vio en actitud provocativa en las Barras del Cabildo donde se instalaron las Cámaras y, en las reuniones con partidarios en lugares públicos, actos que no coincidían con su conducta, en los últimos tiempos. El plan revolucionario, entre otras acciones, preveía apoderarse del Fuerte (Casa de Gobierno) y apresar a Pedro Varela, así como tomar el cuartel del batallón '´Constitucional '´, principal sostén militar del gobierno en la capital. Entretanto, en las afueras, esperaría el Coronel Bastarrica, con un contingente que avanzaría sobre la ciudad, una vez que se le avisara sobre el comienzo de las acciones. El comienzo El 19, al amparo de la retracción de la gente, en ejercicio de la imprescindible siesta, en un día muy caluroso, a primeras horas de la tarde, el Fuerte fue tomado por un contingente de 25 hombres al mando de Berro, revólver y lanza en mano, a los gritos de '´abajo el Brasil '´ y '´viva la independencia Oriental y la del Paraguay '´. El Presidente interino Varela y el encargado de negocios de Brasil huyen por la puerta del fondo. El ataque al cuartel de Dragones, que alojaba al batallón '´Constitucional'´ fue comandado por Senen Freire. Se contaba con lograr el apoyo de los paraguayos que habían sido incorporados compulsivamente al mismo, en el transcruso de la guerra del Paraguay. La reacción del Coronel Olave, quien incluso da muerte a Freire, así como la actitud expectante de los paraguayos, hace fracasar la intentona. De inmediato Olave da aviso a Flores, quien almorzaba con antiguos colaboradores en su casa de la calle Florida, casi Mercedes. El destino entra a jugar El coronel Bastarrica, que esperaba con centernares de hombres distribuídos en la Uníon, Manga y Toledo, no recibió el aviso convenido, porque el chasque enviado por Berro fallece en el camino a consecuencia de un ataque fulminante de cólera, tal vez por haber bebido de un manantial contaminado. Estamos en el momento, quizás, más trágico de aquel tremendo día. Berro, proclamaba la revolución y la toma del gobierno en el Fuerte, cuando es advertido del avance incontenible del batallón '´Constitucional '´, le toca ahora a él y sus compañeros, escapar por la puerta del fondo. Consciente del fracaso, el ex Presidente se dirige a la costa, en procura de una lancha, que estaba previsto, lo rescataría, en caso de derrota, pero que faltó a la cita. Volvía al pie, por la calle Alzáibar, hasta Reconquista, cerrándose a su paso las pocas puertas y ventanas abiertas, cuando es detenido y llevado al Cabildo, que, entre otras cosas oficiaba de cárcel. Los ávidos puñales Flores, que en la mañana había recibido la advertencia del Gral Caraballo sobre la conjura y a quien había contestado "No le temo a los blancos, Uds. son los que conspiran y tampoco les temo", recibe el aviso de Olave como ya señaláramos y según lo expresan Reyes Abadie y Vásquez Romero: "Entonces Flores y sus amigos tomaron algunas pistolas sin examinar si estaban o no cargadas y subiendo a un carruaje que había en la puesta, se dispusieron a marchar hacia el lugar de los acontecimientos", valga la deposición de un testigo en los actos sumariales extractados por el Dr. José Salgado.
Al llegar el coche de Flores a la calle Rincón, en las de Ciudadela y
Juncal, se vio interceptado por una carreta cargada de pasto, frente al
almacén de Quintín Correa. Por la calle Mercedes aparecieron entonces
varios individuos emponchonados y cubiertos los rostros por grandes
sombreros haciendo fuego sobre el carruaje. Cayó mortalmente herido el
conductor.
Entretanto, el General había tratado de zafarse del coche atascado
por el carro de pasto, pero la puerta de su lado dejaba apenas un pequeño
espacio y por él procuró escurrirse, circunstancias que aprovecharon los
asesinos para ultimarlo a puñaladas. Márquez, Flangini y Errecart habían
conseguido salir por la otra puerta del coche. Flangini tenía algunas
heridas. Al quedar agonizante el General, los atacantes se desbandaron. El cuerpo de
Flores quedó tendido en la acera donde un sacerdote que por allí pasaba -el
Pbro. Juan del Carmen Soubervielle- se arrodilló piadosamente y oró por el
alma del muerto y luego llamó a la puerta del comercio de Correa y
logró que le abrieran, entrando con el cadáver y tendiéndolo sobre un catre. La otra muerte Cuando Berro, preso, llega al Cabildo, ignora la muerte de Flores, por lo que increpado por el Presidente Varela, responde altivamente, actitud que cambia radicalmente cuando éste le muestra el cadáver de Flores cubierto por la bandera Nacional. Es sometido a toda clase de vejámenes, hasta que a través de las rejas de la cárcel le disparan el tiro que cortará su vida. Su cadáver es degollado, colocado en un carro de basura y paseado por las calles de Montevideo mientras un fanático pregona "Ahí va el asesiono del Gral Flores, el salvaje Bernado Berro!". La purpúrea tierra oriental La pasión con la cual se vivían en aquellos tiempos las conviccione políticas, exacerbadas por los acontecimientos del día, no podía menos que llevar a la conclusión de que si se había asesinado al principal caudillo colorado, el responsable no podía ser otro que el jefe de los blancos, incluso hasta los muertos por el cólera se considera, en verdad, crimen de aquellos a quienes se acusa de haber envenenado el agua de los pozos. La sed de venganza desencadena un sangrienta violencia. Se calcula en más de quinientos el número de muertos. Un telegrama del presidente Varela dirigido a los jefes políticos, cuyo texto decía "Mataron a nuestro querido General Venancio Flores: reúna a la gente y vénganse", fue transmitido o recibido como "vénguense", lo cual desencadenó una terrible ola de sangre. El comercio de donde habían salido los asesinos de Flores fue objeto de un malón enloquecido que ultima a su propietario y a su dependiente.
Washington Lockhart, en su libro "Venancio Flores- un caudillo trágico", nos
dice: "El Gobierno tomó diversas providencias para calmar las cosas:
ocupación de la Aduana y su vigilancia solicitada a las legaciones
extranjeras, pedido de auxilio a Buenos Aires, y proclamación del estado de sitio, a fin
de detener la cacería de blancos que eran detenidos y fusilados sin piedad.
Hay quien dice que lo que se enterró de Flores fue únicamente su cabeza,
simulándose el cuerpo mediante relleno puesto que no se consiguió subsanar
el error cometido al embalsamarlo. Continúa Lockhart: Muchos personajes de relieve lograron escapar al furor popular refugiándose en las embajadas, entre ellos el coronel Maza, yerno de Oribe, Emilio Berro, sobrino de Bernardo, y Brizuela, ex agente del Paraguay que habría intervenido en el ataque a Fuerte. Poco a poco empezó a recapacitarse acerca de las responsabilidades que podían caber a los blancos en la muerte de Flores. Afirma Conti que Berro, al enterarse del asesinato, dijo que lo habían traicionado; según Melián Lafinur, Berro "fue víctima de combinaciones que no tuvo sagacidad para medir". Las sospechas empezaron entonces a volcarse sobre Gregorio Suárez, que en la tarde el 19 apareció por el Cabildo, y sobre el cual pesaba todavía el decreto de Flores que le señalaba la ciudad por cárcel. Se inició una polémica por la prensa de Buenos Aires, en donde se afirmaba que el asesinato no era obra de los blancos sino de los conservadores, los mismos que organizaron el atentado de mina contra el Fuerte. Luego de relatar el regreso inopinado el 6 de marzo, de Fortunato, desterrado en Río, a quien no se le dejó desembarcar debiendo regresar a su exilio a los pocos días, el cónsul Maillefer incluye una descripción muy ilustrativa a ese respecto: "La Sra Flores, esta especia de Agripina plebeya, antaño todavía tan imperiosa y que ahora podríamos llamar la Niobe oriental, la Sra Flores, enferma y en cama, ni siquiera ha podido besar a este hijo desnaturalizado, del cual tenía la demencia de estar orgullosa, y que ha perdido a su familia. Exaltada hasta el furor contra los generales Suárez y Caraballo, los acusa abiertamente, sobre todo al último, de haber participado en la conspiración "blanca" y de ser los verdaderos asesinos de su marido. La Sra. Maillefer, quien la ha visitado últimamente, volvió de su casa espantada de todo lo que había oído, y sin embargo, pesando bien algunas revelaciones de los blancos refugiados en nuestros barcos de guerra, uno se sentiría tentado de creer que no todo es imaginario en los denuncios de esta viuda desesperada".
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